Bebió
todo el camino a través del Mar Angosto.
El barco
era pequeño y su cabina aún más, y el capitán
no le dejaba subir a cubierta. El balanceo de la madera bajo sus pies
le provocaba arcadas, y la espantosa comida que le servían
tenía incluso peor sabor cuando le volvía a subir a la
garganta. Además, ¿para qué necesitaba carne
salada, queso duro y pan amasado con gusanos cuando tenía vino
para alimentarse? Era rojo y avinagrado, muy fuerte. A veces también
le daba arcadas, pero siempre había más.
-El
mundo está lleno de vino-, refunfuñaba en la oscuridad
de la cabina. Su padre nunca había tolerado a los borrachos,
¿pero qué importaba? Su padre estaba muerto. Tyrion lo
sabía; él lo había matado. “Una flecha en
el vientre, mi señor, y todo para ti. Si hubiese sido mejor
con la ballesta, te la habría metido a través de la polla
con la que me hiciste, maldito bastardo.”
Bajo
cubierta nunca era de día ni de noche. Tyrion medía el
tiempo por las idas y venidas del chico que le traía la comida
que él no comía. El chico siempre traía un cubo
y un cepillo, para limpiar.
-¿Esto
es vino dorniano? -le preguntó Tyrion una vez, mientras sacaba
el tapón de un odre-. Me recuerda a cierta serpiente que
conocí. Un compañero curioso, hasta que una montaña
le cayó encima.
El chico
no respondió. Era feo, aunque no tanto como cierto enano con
media nariz y una cicatriz del ojo hasta la barbilla.
-¿Te
he ofendido? -le preguntó al muchacho hosco y silencioso
mientras frotaba el suelo-. ¿Te han ordenado que no me hables?
¿O es que algún enano estafó a tu madre?
Tampoco
hubo respuesta. “Esto es inútil”, Tyrion lo sabía,
pero tenía que hablar con alguien o se volvería loco,
así que insistió.
-¿A
dónde navegamos? ¿Se trata de Braavos? ¿Tyrosh?
¿Myr? -Tyrion hubiese preferido Dorne. “Myrcella es
mayor que Tommen, según las leyes de Dorne el Trono de Hierro
le pertenece. La ayudaré a reclamar su derecho, como el
Príncipe Oberyn sugirió”.
Oberyn
estaba muerto, sin embargo, su cabeza convertida en una ruina
sangrienta por el guantelete de Ser Gregor Clegane. Y sin la Víbora
Roja para
insistirle, ¿llegaría Doran Martell a considerar una
idea tan arriesgada? “En vez de eso, podría encadenarme
y llevarme de vuelta con mi querida hermana.” El Muro sería
más seguro. El Viejo Oso Mormont había dicho que la
Guardia de la Noche necesitaba hombres como Tyrion. “Mormont
puede estar muerto, sin embargo. Puede que Slynt sea ahora el Lord
Comandante”. Ese hijo de un carnicero no habría olvidado
quién lo envió al Muro. ¿Quiero pasarme el resto
de mi vida comiendo carne salada y gachas con asesinos y ladrones?”
Aunque el resto de su vida no sería muy largo. Janos Slynt se
encargaría de eso.
El
chico mojó el cepillo y restregó con
fuerza.
-¿Has
visitado las casas de placer de Lys? -le preguntó el enano-.
¿Puede ser donde van las putas? -Tyrion no conseguía
recordar la palabra valyriana para “puta”, y en todo caso
ya era demasiado tarde. El chico lanzó el cepillo al cubo y se
marchó.
“El
vino me ha embotado los sentidos”. Había aprendido a
leer Alto Valyriano en las rodillas de su maestre, aunque lo que
hablaban en las Nueve Ciudades Libres... bien, no era tanto un
dialecto como nueve dialectos en camino de convertirse en lenguas
distintas. Tyrion sabía algo de Braavosi y tenía
nociones de Myriano. En Tyroshi era capaz de maldecir a los dioses,
llamar tramposo a un hombre y pedir una cerveza, gracias a un
mercenario que conoció en Roca Casterly. “Al menos en
Dorne hablan la Lengua Común”. Como la comida dorniana y
la ley dorniana, el habla dorniana estaba especiada con los aromas
del Rhoyne, pero uno podía entenderla. “Done, sí,
prefiero Dorne.” Anadeó hasta el camastro agarrando ese
pensamiento como una niña a su muñeca.
El sueño
nunca llegaba fácilmente a Tyrion Lannister. A bordo de ese
barco rara vez llegaba, aunque de vez en cuando conseguía
beber bastante vino para perder el sentido un rato. Al menos no
soñaba. Ya había soñado bastante para una vida
corta. “Y vaya estupideces: amor, justicia, amistad, gloria.
Tan útil como soñar con ser alto.” No podría
conseguir nada de eso, lo sabía. Pero no sabía a dónde
van las putas.
-Al
lugar de donde vienen las putas-, había dicho su padre. “Sus
últimas palabras, y vaya palabras”. El arco silbó,
lord Tywin se volvió a sentar, y Tyrion Lannister se encontró
anadeando a través de la oscuridad con Varys a su lado. Debía
haber entrado por el hueco otra vez, dos cientos treinta peldaños
hasta donde ascuas naranjas brillaban en la boca de un dragón
de piedra. No se acordaba de nada. Sólo del sonido del arco, y
el hedor de los intestinos de su padre al soltarse. “Incluso
muriendo, encontró una manera de cagarse en mí”.
Varys lo
había guiado a través de los túneles, pero no
hablaron hasta que salieron al lado del Aguasnegras, donde Tyrion
había conseguido una célebre victoria y perdido una
nariz. Entonces el enano se giró hacia el eunuco y le dijo:
-He
matado a mi padre.
Con el
mismo tono con el que un hombre podría decir, ”Me he
dado un golpe en el dedo”. El maestro de los susurros vestía
como un hermano pordiosero, ropa apolillada de tela basta con una
cogulla que ensombrecía sus gordas mejillas lisas y su cabeza
redonda y calva.
-No
deberíais haber subido por esa escalera-, le reprochó.
-Adonde
van las putas. -Tyrion le advirtió a su padre que no dijese
esa palabra. “Si no hubiese disparado, se habría dado
cuenta de que mis amenazas eran vacías. Me habría
arrancado el arco de las manos, como una vez me arrancó a
Tysha de entre los brazos. Ya se levantaba cuando lo maté.”
-También
he matado a Shae- le confesó a Varys.
-Ya
sabíais lo que era.
-Sí.
Pero no sabía lo que era él.
Varys
titubeó.
-Y ahora
lo sabéis.
“También
tendría que haber matado al eunuco”. Un poco más
de sangre en las manos, ¿qué hubiese importado? No
sabía qué había detenido su daga. No la
gratitud. Varys lo había salvado de la espada del verdugo,
pero sólo porque Jaime lo había obligado. “Jaime...
no, mejor no pensar en Jaime.”
En vez
de eso encontró un odre de vino, y lo chupó como si
fuesen la teta de una mujer. El vino amargo cayó sobre su
barbilla y le empapó la túnica sucia, la misma que
llevaba en la celda. Chupó hasta que se acabó el vino.
El suelo se mecía bajo sus pies, y cuando intentó
levantarse se movió de lado y lo lanzó contra un
mamparo. “Una tormenta” supuso, “o estoy más
borracho de lo que creo”. El vino le dio arcadas y se estuvo
así un rato, planteándose si la nave se hundiría.
“¿Es
tu venganza, Padre? El Padre de Arriba te ha convertido en su Mano?”
-Es el
precio de matar a un familiar- dijo mientras el viento aullaba en el
exterior. No parecía justo ahogar al chico y al capitán
y al resto de la tripulación por algo que no habían
hecho, ¿pero desde cuándo los dioses eran justos? Y de
nuevo pensando en eso, la oscuridad lo engulló.
Cuando
pudo moverse de nuevo, la cabeza parecía arderle y el barco
giraba en círculos mareantes, aunque el capitán
insistía en que habían llegado a puerto. Tyrion le
pidió que se estuviese quieto, y pataleó débilmente
mientras un marinero enorme y calvo lo levantaba bajo un brazo y lo
llevaba, retorciéndose, hasta la bodega, donde lo esperaba un
barril de vino vacío. Era un barril pequeño y
rechoncho, ajustado hasta para un enano. Tyrion forcejeó,
pero no sirvió de nada. Acabó dentro del barril, la
cabeza primero, con las rodillas apretadas contra sus orejas. El
agujero que era su nariz le dolía horriblemente, pero tenía
los brazos tan apretados que no llegaba a rascarse. “Un
palanquín hecho para un hombre de mi estatura”, pensó
mientras amartillaban la tapa y lo cargaban. Oyó gritos
mientras lo sacaban. Cada movimiento hacía que su cabeza
golpease contra el fondo del barril. El mundo giró y giró
mientras el barril rodaba hacia abajo, luego se paró con un
súbito choque que casi le hizo gritar. Otro barril golpeó
contra el suyo, y Tyrion se mordió la lengua.
Fue el viaje más largo de su vida, aunque seguramente no duró
más de media hora. Lo subieron y bajaron, lo giraron y
apilaron, lo dejaron hacia arriba y hacia abajo y luego lo giraron de
nuevo. A través de las barras de madera oía hombres
gritando, y una vez un caballo relinchando cerca. Las piernas
atrofiadas empezaron a dolerle, y pronto dolían tanto que
olvidó el martilleo en la cabeza.
Acabó
como había empezado, con otro empujón que lo dejó
mareado y más atontado. Voces extranjeras hablaban fuera en
una lengua que no conocía. Alguien empezó a martillear
en lo alto del barril y la tapa se partió de repente. La luz
inundó el barril, y luego el aire frío. Tyrion jadeó
ansiosamente e intentó levantare, pero sólo consiguió
tumbar el barril de lado y derramarse sobre un suelo de tierra
compacta.
Sobre él
se levantaba un grotesco hombre gordo con una barba amarilla partida
en dos, sosteniendo un mazo de madera y un cincel de hierro. Sus
ropas eran lo bastante grandes para servir de pabellón de un
torneo, pero el cinturón se le había desatado,
exponiendo un vientre enorme y un par de tetas pesadas que caían
como sacos de sebo cubiertos de grueso vello amarillo. A Tyrion le
recordó a una foca marina muerta que una vez acabó en
las cavernas bajo Roca Casterly.
El
hombre gordo miró hacia abajo y sonrió.
-Un
enano borracho- dijo en la Lengua Común de Poniente.
-Una
foca marina putrefacta-. La boca de Tyrion estaba llena de sangre. La
escupió a los pies del hombre gordo. Estaban en una bodega
oscura y larga con bóvedas en el techo, las paredes manchadas
de nitre. Barriles de
cerveza y vino los rodeaban, bebida más que suficiente para
mantener a un enano sediento durante las noches. “O durante una
vida.”
-Eres insolente. Me gusta eso en un enano. -Cuando el hombre gordo
rió, sus carnes se balancearon tan fuerte que Tyrion temió
que se cayese y lo aplastase-. ¿Tienes hambre, mi pequeño
amigo? ¿Estás cansado?
-Sediento.
-Tyrion se arrodilló penosamente-. Y sucio.
El
hombre gordo olfateó.
- Un
baño primero, eso sí. Luego comida y una cama blanda,
¿sí? Mis sirvientes se ocuparán de eso-. Su
anfitrión dejó la maza y el cincel. -Mi casa es tuya. Y
un amigo de mi amigo de más allá del agua es un amigo
de Illyrio Mopatis, sí.
“Y
cualquier amigo de Varys la Araña es alguien en quien confiaré
hasta que pueda largarme.”
El
hombre gordo cumplió su promesa del baño, al menos...
aunque tan pronto como Tyrion se hundió en el agua caliente y
cerró los ojos cayó dormido.
Se
despertó desnudo en un cama rellena de plumas de oca tan suave
y profunda que se sintió como si una nube lo acunara. Tenía
la garganta áspera y sentía la lengua como si le
creciesen pelos, pero tenía la polla tan dura como una barra
de hierro. Rodó de la cama, encontró un orinal y empezó
a llenarlo con un gemido de placer.
La
habitación estaba oscura, pero había rendijas de luz
del sol asomando a través de las tablillas de las
contraventanas. Tyrion sacudió las últimas gotas y
anadeó sobre alfombras Myrianas tan blandas como hierba
reciente de primavera. Torpemente trepó al escalón de
la ventana y empujó las contraventanas para ver adónde
Varys y los dioses lo habían enviado.
Bajo la
ventana seis cerezos permanecían como centinelas alrededor de
un estanque de mármol, sus ramas esbeltas desnudas y marrones.
Un chico desnudo permanecía en el estanque, preparado para un
duelo con una espada bravoosi en la mano. Era pequeño, y
guapo, no tenía más de dieciséis años,
con pelo rubio y liso que le rozaba los hombros. Parecía tan
lleno de vida que el enano tardó largo rato en darse cuenta de
que estaba hecho de mármol pintado, aunque la espada brillaba
como acero real.
De un
extremo a otro del estanque había un muro de ladrillos de 4
metros de alto, con picas de hierro a lo alto. Detrás estaba
la ciudad. Un mar de tejados se amontonaban alrededor de una bahía.
Tyrion vio torres cuadradas de ladrillo, un gran templo rojo, una
mansión lejana sobre una colina. A lo lejos resplandecían
los rayos de sol sobre el mar abierto. Botes pesqueros se movían
a través de la bahía, las velas tensándose con
el viento, y pudo ver mástiles de barcos mayores apretándose
a lo largo del puerto de la bahía. “Seguro que alguno va
hacia Dorne, o hacia Guardiaoriente del Mar.” Pero no tenía
medios para pagar el pasaje, ni podía ponerse a remar.
“Supongo que podría contratarme como chico de cabina y
ganarme el viaje dejando que la tripulación me follase a
través del Mar Angosto.” Se preguntó dónde
estaba. “Incluso el aire huele diferente aquí.”
Especias extrañas perfumaban el aire fresco de otoño, y
podía oír débiles gritos más allá
del muro, de las calles que había cerca. Se parecía un
poco al valyriano, pero no reconocía más de una palabra
de cada cinco. “No es Braavos”, decidió, “ni
Tyrosh.” Las ramas peladas y el frío en el aire decían
que tampoco Lys ni Myr ni Volantis.
Cuando
oyó la puerta abriéndose bajo él, Tyrion se giró
para enfrentarse a su gordo anfitrión.
-Esto es
Pentos, ¿verdad?
-Eso
mismo. ¿Qué sino?
Pentos.
Bien, al menos no era Desembarco del Rey.
-¿A
dónde van las putas? -se oyó a sí mismo
preguntar.
-Las
putas aquí están en los burdeles, igual que en
Poniente. No tendrás necesidad de eso, mi pequeño
amigo. Escoge entre mis criadas. Ninguna se atreverá a
rechazarte.
-¿Esclavas?
-preguntó el enano, mordaz.
El
hombre gordo se mesó una de las puntas de su barba amarilla y
aceitosa, un gesto que Tyrion encontró marcadamente obsceno.
-La
esclavitud está prohibida en Pentos, según los términos
del tratado que los Braavosi nos impusieron hace un siglo. Sin
embargo, no te rechazarán. -Illyrio le hizo una media
reverencia-. Pero ahora mi pequeño amigo tiene que perdonarme.
Tengo el honor de ser magíster de esta gran ciudad, y el
príncipe nos ha convocado a una reunión. -Sonrió,
mostrando una boca llena de dientes torcidos amarillos-. Puedes
explorar la mansión y los subterráneos, pero no salgas
más allá de estos muros. Es mejor que ningún
hombre sepa que estuviste aquí.
-¿Estuve?
¿Me he ido a algún lugar?
-Tendremos
tiempo de hablar de eso esta noche. Mi pequeño amigo y yo
comeremos y beberemos y haremos grandes planes, ¿sí?
-Sí,
mi gordo amigo -replicó Tyrion. “Quiere usarme para su
propio beneficio”. Siempre se trataba de beneficios con los
príncipes mercaderes de las Ciudades Libres. “Soldados
de las especias y señores del queso”, los llamaba su
padre con desdén. Si llegaba el día en que Illyrio
Mopatis veía mayores beneficios en un enano muerto que en uno
vivo, Tyrion se encontraría metido en otro barril al
anochecer. “Sería mejor si me marchase antes de que
llegue ese día” Que el día llegaría no lo
dudaba; Cersei no era de las que olvidaban, y hasta Jaime podría
haberse enfadado al encontrar una flecha en el vientre de Padre.
Un
viento ligero ondeaba las aguas del estanque alrededor del espadachín
desnudo. Le recordó cómo Tysha se acariciaba el cabello
durante la falsa primavera de su boda, antes de que ayudase a los
hombres de su padre a violarla. Había estado pensando en esos
hombres durante su huida, intentando recordar cuántos hubo.
Uno creería que debía recordarlo, pero no. ¿Una
docena? ¿Una veintena? ¿Un centenar? No podía
decirlo. Todos hombres mayores, altos y fuertes... aunque todos los
hombres eran altos para un enano de trece años. “Tysha
sabe cuántos eran”. Cada uno de ellos le había
dado un venado de plata, así que sólo necesitaba contar
las monedas. “Una de plata por cada uno de ellos y una de oro
por mí.” Su padre había insistido en que él
también pagase. “Un Lannister siempre paga sus deudas.”
-A donde
van las putas- oyó decir a Lord Tywin una vez más, y
una vez más la cuerda del arco silbó.
El
magíster lo había invitado a explorar la mansión.
Encontró ropas limpias en un baúl de cedro con
incrustaciones de lapislázuli y madreperla. Mientras luchaba
por ponérselas se dio cuenta de que habían sido tejidas
para un niño pequeño. Su factura era lo bastante rica,
aunque estaban algo rancias, pero el corte era demasiado largo de las
piernas y demasiado corto de los brazos, con un cuello que le habría
puesto la cara tan negra como la de Joffrey si de alguna manera no lo
hubiese abierto. Al menos no apestaban a vómito.
Tyrion
empezó su exploración por la cocina, donde dos mujeres
gordas y un pinche lo miraron mansamente mientras cogía queso,
pan e higos.
-Buenos
días, encantadoras mujeres -dijo con una reverencia-. ¿Sabéis
por casualidad a dónde van las putas?
Cuando
no respondieron, repitió la pregunta en Alto Valyriano, aunque
tuvo que decir cortesana en vez de puta. La más joven y más
gorda de las cocineras se encogió de hombros.
Se
planteó qué harían si las cogía de la
mano y las arrastraba hasta su cama. “Ninguna te rechazará”,
había alegado Illyrion, pero de algún modo Tyrion no
creía que se refiriese a estas dos. La más joven era lo
bastante vieja para ser su madre, y la mayor era seguramente la madre
de la otra. Ambas estaban casi tan gordas como Illyrio, con tetas
mayores que su cabeza. “Podría ahogarme en carne”,
reflexionó. Había formas peores de morir. Como había
muerto su padre, por ejemplo. “Tendría que haberle hecho
cagar un poco de oro antes de expirar.” Lord Tywin había
sido tacaño con su afecto y aprobación, pero siempre
había sido generoso a manos llenas con el oro. “Lo único
más triste que un enano sin nariz es un enano sin nariz que no
tiene oro”.
Tyrion
dejó a la mujer gorda con sus barras de pan y sus ollas y fue
en busca de la bodega donde Illyrio lo había recibido la noche
anterior. No fue difícil de encontrar. Había bastante
vino para mantenerlo borracho durante cien años; dulces vinos
de la marca y vinos fuertes de Dorne, pálidos Pentoshi de tono
ámbar, el néctar verde de Myr, tres veintenas de
barriles del oro de Arbor, incluso vinos del fabuloso este, de Meeren
y Qart y Asshai de la Sombra. Al final, Tyrion se decidió por
un barril de vino fuerte marcado como la cosecha privada de Lord
Runceford Redwyne, el abuelo del actual Lord de Arbor. Su gusto era
potente y fuerte en la lengua, el color un morado tan oscuro que
incluso parecía negro en la oscura bodega. Tyrion llenó
una copa, con una medida generosa, y lo llevó arriba, a los
jardines, para beber bajo los cerezos que había visto.
Sin
embargo, salió por la puerta equivocada y no pudo encontrar el
estanque que había espiado desde la ventana, pero no importó.
Los jardines detrás de la mansión eran igual de
agradables, y mucho mayores. Vagó durante un rato por ellos,
bebiendo. Los muros habrían avergonzado a un castillo de
verdad, y las picas de hierro ornamentales que había a lo alto
parecían extrañamente desnudas sin cabezas que las
adornasen. Tyrion se imaginó cómo quedaría la
cabeza de su hermana ahí arriba, con alquitrán en el
pelo dorado y moscas entrando y saliendo de su boca. “Sí,
y Jaime tendría que poner su pica detrás”,
decidió. “Nadie debe interponerse entre mi hermana y mi
hermano.”
Con una
cuerda y unas picas podría pasar sobre el muro. Tenía
los brazos fuertes y no pesaba mucho. Con una cuerda podría
alcanzar las picas y encaramarse por encima. “Buscaré
una cuerda por la mañana”, decidió.
Vio tres
puertas durante sus vagabundeos; la entrada principal con su garita,
una casita para los perros y la puerta de un jardín oculta
tras una maraña de hiedra. La última estaba cerrada con
una cadena, las otras dos, guardadas. Los guardias eran regordetes,
sus rostros lisos como el culo de un bebé, y cada hombre
llevaba un casco con una pica de bronce. Tyrion reconocía a
los eunucos cuando los veía. Conocía a los de su tipo
por su reputación. No temían nada y no sentían
dolor, se decía, y eran leales a sus amos hasta la muerte.
“Podía utilizar a unos cuantos centenares de los míos”,
pensó Tyrion. “Lástima que no lo pensase antes de
convertirme en un mendigo.”
Caminó
a lo largo de una galería con columnas y a través de un
arco puntiagudo, y se encontró en un patio embaldosado donde
una mujer lavaba unas ropas en un pozo. Parecía de su misma
edad, con el pelo rojo corto y un rostro claro salpicado de pecas.
-¿Te
apetece un poco de vino? -le preguntó. Lo miró
insegura. -No tengo copa para ti, tendremos que compartirlo. -La
lavandera volvió a escurrir túnicas y colgarlas para
que se secasen. Tyrion se sentó en un banco de piedra con su
odre de vino. -Dime, ¿hasta qué punto puedo confiar en
el magíster Illyrio? -El nombre la hizo levantar la cabeza-.
¿Tanto? -Riéndose, se cruzó de piernas y dio
otro trago-. Soy difícil de usar sea cual sea la parte que el
quesero tiene en mente para mi, ¿pero cómo puedo
rechazarlo? Las puertas están guardadas. Tal vez tú
podrías sacarme a escondidas bajo tus faldas? Te estaría
tan agradecida, vaya, hasta me casaría contigo. Ya tengo dos
esposas, ¿por qué no tres? Ah, ¿pero dónde
viviríamos? -Le dedicó una sonrisa tan agradable como
podía un enano sin nariz. -Tengo una sobrina en Lanza del Sol,
¿te lo he dicho? Podría organizar más de una
travesura en Dorne con Myrcella. Podría enzarzar a mi sobrina
y mi sobrino en una guerra, ¿no sería eso divertido?
-La lavandera tendió una de las túnicas de Illyrio, lo
bastante grande para usarla como una vela.- Debería
avergonzarme de tener esos pensamientos malvados, tienes razón.
Mejor si voy hacia el Muro. Todos los crímenes se limpian
cuando un hombre se une a la Guardia de la Noche, dicen. Aunque me
temo que no me permitirían conservarte, preciosa. Ninguna
mujer en la Guardia, no dulces mujeres pecosas para calentarte la
cama por la noche, sólo vientos fríos, bacalao salado y
poca cerveza. ¿Crees que pareceré más alto de
negro, mi señora? -Se volvió a llenar la copa-. ¿Qué
dices? ¿Norte o sur? ¿Debo compensar viejos pecados o
cometer algunos nuevos?
La
lavandera le dirigió una última mirada, cogió su
cesta y se fue. “Parece que no puedo mantener una esposa por
mucho tiempo”, pensó Tyrion. De alguna forma, su odre se
había quedado seco. “Tal vez debería tropezar de
nuevo con esa bodega.” El vino fuerte estaba haciendo que su
cabeza girase, sin embargo, y las escaleras hacia la bodega estaban
muy lejos.
-¿A
dónde van las putas? -le preguntó a la ropa tendida en
línea. Tal vez debería habérselo preguntado a la
lavandera. “No quiero decir que seas una puta, preciosa, pero
tal vez sabes a dónde van.” O aún mejor, tendría
que habérselo preguntado a su padre.
-A donde
sean que vayan las putas- había dicho Lord Tywin. “Me
quería. Era la hija de un granjero,
me quería y se casó conmigo, confió en mí.”
El odre vacío se le escapó de las manos y rodó
por el patio.
Haciendo
una mueca, Tyrion saltó del banco y fue a recogerlo, pero
mientras lo hacía vio algunas setas que crecían en una
grieta entre las baldosas del suelo. Eran de un blanco pálido,
con motas, y ribetes rojos tan oscuros como la sangre bajo la cabeza.
El enano arrancó una y la olió. Deliciosas, pensó,
o letales. ¿Pero cuál? ¿Por qué no ambas?
No era un hombre lo bastante valiente para clavarse acero frío
en el vientre, pero un mordisco de una seta no era tan difícil.
Había siete de esas setas, vio. Tal vez los dioses intentaban
decirle algo. Las cogió todas, destendió un guante, las
envolvió con cuidado y se las metió en el bolsillo. El
esfuerzo lo dejó mareado, sin embargo, así que luego
anadeó de nuevo hasta el banco, se hizo un ovillo y cerró
los ojos.
Cuando
se despertó de nuevo, estaba de vuelta en su habitación,
ahogándose en el lecho de plumas de ganso mientras una chica
rubia lo sacudía por el hombre.
-Mi
señor -le dijo-, el baño está preparado. El
magíster Illyrio os espera en su mesa en una hora.
Tyrion
se recostó contra las almohadas con la cabeza entre las manos.
-¿Sigo
soñando, o hablas la Lengua Común?
-Sí,
mi señor. Me han traído para satisfacer al rey. -Tenía
los ojos azules y era rubia, joven y esbelta.
-Seguro
que sí. Necesito una copa de vino.
Ella se
lo sirvió.
-El
Magíster Illyrio dice que debo rascaros la espalda y calentar
vuestra cama. Mi nombre-....
-No me
interesa. ¿Sabes adónde van las putas?
Ella
enrojeció.
-Las
putas a sí mismas se venden por dinero.
-O
joyas, o vestidos, o castillos. ¿Pero adónde van?
La joven
no entendió la pregunta.
-¿Es
un acertijo, mi señor? No se me dan bien. ¿Me diréis
la respuesta?
“No”,
pensó. “Yo también detesto los acertijos”.
-No te
diré nada. Hazme el mismo favor. -“La única parte
de ti que me interesa es la que está entre tus piernas”,
iba a decirle. Tenía las palabras en la boca, pero por algún
motivo no atravesaron sus labios. “No es Sahe”, se dijo
el enano a sí mismo, “sólo alguna pequeña
idiota que cree que juego a las adivinanzas”. De hecho, ni
siquiera su coño le interesaba demasiado. “Debo de estar
enfermo, o muerto”. -¿Has mencionado un baño?
Muéstramelo. No debemos hacer esperar al quesero.
Mientras
se bañaba, la chica le lavó los pies, le frotó
la espalda y le peinó el cabello. Luego lo untó las
pantorrillas con una pomada aromática para mitigarle el dolor,
y lo vistió otra vez con ropa de niño, unos pantalones
color burdeos y un vestido azul con rayas de hilo de oro.
-¿Me
necesitará mi señor después de comer? -le
preguntó mientras le ataba las botas.
-No. Ya
he acabado con las mujeres-. Putas.
La chica
se tomó la decepción demasiado bien para su gusto.
-Si mi
señor prefiere un chico, puedo tener uno esperando en el
lecho.
Mi señor
preferiría a su esposa. Mi señor preferiría a
una chica llamada Tysha.
-Sólo
si sabe adónde van las putas.
La boca
de la chica se atirantó. “Me desprecia”, se dio
cuenta, “pero no más de lo que yo me desprecio a mí
mismo”. Tyrion Lannister no dudaba de que se había
follado a muchas mujeres que detestaban siquiera verlo, pero las
otras al menos tenían la cortesía de fingir afecto. Un
poco de odio honesto podía ser refrescante, como un vino agrio
tras demasiado dulce.
-Creo
que he cambiado de idea -le dijo-. Espérame en la cama.
Desnuda, por favor. Espero estar demasiado borracho para hurgar entre
tus ropas. Mantén la boca cerrada y los muslos abiertos y los
dos nos llevaremos perfectamente. -Le dirigió una mirada
lasciva, esperando algo de temor, pero todo lo que vio fue repulsión.
“Nadie teme a un enano.”Ni siquiera Lord Tywin había
tenido miedo, pese a que Tyrion sostenía un arco entre las
manos. -¿Gimes mientras te están follando? -le preguntó
a la calientalechos.
-Si mi
señor lo desea.
-Tu
señor podría desear estrangularte. Así es como
utilicé a mi última puta. ¿Crees que tu amo
protestaría? Seguro que no. Tiene a un centenar más
como tú, pero a nadie más como yo. -Esta vez, cuando
ella sonrió, Tyrion obtuvo el miedo que quería.
Illyrion
estaba recostado en un diván acolchado, tragando pimientos
picantes y cebollas de un cuenco de madera. Tenía la frente
perlada de gotas de sudor, los ojos de cerca brillando sobre las
gordas mejillas. Las joyas danzaban cuando movía las manos:
ónice y ópalo, ojo de tigre y turmalina, rubí,
amatista, zafiro, esmeralda, azabache y jade, un diamante negro y una
perla verde. “Yo podría vivir durante años de sus
anillos”, pensó Tyrion, “aunque necesitaría
una cuchilla para cogerlos”.
-Acércate
y siéntate, mi pequeño amigo -Illyrio le hizo gestos
para que se acercase.
El enano
se encaramó a una silla. Era demasiado grande para él,
un trono con almohadones preparado para acomodar las enormes nalgas
del magíster, con patas gruesas y sólidas para sostener
su peso. Tyrion Lannister había vivido toda la vida en un
mundo que era demasiado grande para él, pero en la mansión
de Illyrio Mopatis el sentido de la desproporción alcanzaba
dimensiones grotescas. “Soy un ratón en la guarida de un
mamut”, se planteó, “pero al menos el mamut tiene
una buena bodega”. El pensamiento le hizo tener sed. Pidió
vino
-¿Habéis
disfrutado de la chica que os envié? -preguntó Illyrio.
-Si
hubiese querido una chica os habría pedido una. Me falta la
nariz, no la lengua.
-Si no
ha podido complaceros...
-Ha
hecho todo lo que le he pedido
-Eso
espero. Fue entrenada en Lys, donde han hecho un arte del amor. Y
habla vuestra Lengua Común. El rey la disfrutó
enormemente.
-Yo mato
reyes, ¿no lo habéis oído? -Tyrion sonrió
malvadamente sobre su copa de vino-. No quiero los restos reales.
-Como
deseéis. Comamos. -Illyrio aplaudió y unos criados
llegaron corriendo.
Empezaron
con un caldo de cangrejo y rape, y sopa fría de huevo y lima.
Luego llegaron codornices con miel, espalda de cordero, hígados
de oca bañados en vino chirivías de mantequilla y cerdo
en su jugo. Ver todos esos platos hizo que Tyrion se sintiese
mareado, pero se obligó a probar una cucharada de sopa por
mera educación, y tras probarla ya estuvo perdido. Las
cocineras podían ser viejas y gordas, pero sabían hacer
su trabajo. Nunca había comido tan bien, ni siquiera en la
corte.
Mientras
sorbía la médula de los huesos de una codorniz, le
preguntó a Illyrio por las citas que había atendido por
la mañana. El hombre gordo se encogió de hombros.
-Hay
problemas en el este. Astapor ha caído, y Meereen. Ciudades de
esclavos ghiscarias que ya eran viejas cuando el mundo era joven.
El cerdo
en su jugo estaba trinchado.
Illyrio cogió unos cuantos chicharrones, los hundió en
salsa de ciruela y los comió con los dedos.
-La Bahía de los Esclavos está a un largo camino de
Pentos -dijo Tyrion mientras pinchaba un hígado de oca con el
cuchillo. “No hay ningún hombre tan maldito como el que
mata a los de su sangre”, se recordó a sí mismo,
sonriendo.
-Así es -asintió Illyrio-, pero el mundo es una gran
telaraña, y ningún hombre puede tocar una sola hebra
sin hacer que las otras tiemblen-. Volvió a dar palmadas-.
Vamos, comed.
Los criados trajeron una garza rellena de higos, chuletas de ternera
blanqueadas con leche de almendras, arenques de color crema, cebollas
caramelizadas, quesos de olor nauseabundo, platos de caracoles y pan
dulce, y un cisne negro aún con plumas. Tyrion rechazó
el faisán, que le recordaba a una cena con su hermana. Se
sirvió garza y arenques, sin embargo, y unas pocas cebollas
caramelizadas. Y los criados le llenaban la copa cada vez que la
vaciaba.
-Bebéis mucho vino para ser un hombre tan pequeño.
-Matar a los de tu propia sangre es un trabajo árido. Le
provoca a uno sed.
Los ojos del hombre gordo relucieron como las gemas de sus dedos.
-Algunos en Poniente dirían que matar a Lord Lannister fue
simplemente un buen comienzo.
-Mejor que no lo digan donde mi hermana pueda oírlo, o
perderán la lengua. -El enano partió una barra de pan
por la mitad-. Y vos mejor que tengáis cuidado con lo que
decís de mi familia, magister. Haya matado a los de mi sangre
o no, aún soy un león.
Eso pareció divertir al señor del queso sin límite.
Se palmeó un muslo carnoso y dijo:
-Todos los de Poniente sois iguales. Bordáis una bestia en un
pedazo de seda, y de repente sois leones o dragones o águilas.
Puedo llevaros hasta un león de verdad, mi pequeño
amigo. El príncipe está muy orgulloso de su zoo. ¿Os
gustaría compartir jaula con él?
“Los Lores de los Siete Reinos hacen demasiado caso de sus
emblemas”, tuvo que admitir Tyrion.
-Muy bien -admitió-. Un Lannister no es un león. Sin
embargo aún soy el hijo de mi padre, y a Jaime y a Cersei los
mataré yo.
-Qué extraño que mencionéis a vuestra rubia
hermana -dijo Illyrio, entre caracol y caracol-. La reina ha ofrecido
un título al hombre que le lleve vuestra cabeza, no importa lo
bajo que sea su nacimiento.
No era menos de lo que Tyrion había esperado.
-Si esperáis ocuparlo, haced también que ella se os
abra de piernas. Mi mejor parte a cambio de su mejor parte, eso es un
trato justo.
-Preferiría mi propio peso en oro-. El quesero se rió
tan fuerte que Tyrion tuvo miedo de que se rompiese e inundase a su
invitado en anguilas y dulces a medio digerir-. Todo el oro de Roca
Casterly, ¿por qué no?
-El oro os lo garantizo -dijo Tyrion-, pero la Roca es mía.
-Eso mismo-. El magíster se cubrió la boca y lanzó
un fuerte eructo-. ¿Creéis que el Rey Stannis os la
dará? Me han dicho que es un hombre de ley. Podría
concederos Roca Casterly, ¿no es así? Vuestro hermano
lleva la capa blanca, así que según las leyes de
Poniente sois el heredero de vuestro padre.
-Stannis podría concederme la Roca -admitió Tyrion-,
pero también está ese pequeño asunto de
regicidio y matar a mi sobrino. Por eso me rebajaría la altura
en una cabeza, y ya soy lo bastante bajo ahora. ¿Pero por qué
pensáis que me uniría a Lord Stannis?
-¿Por qué otra razón iríais al Muro?
-¿Stannis está en el Muro? -Tyrion se rascó la
nariz-. ¿Qué demonios está haciendo Stannis en
el Muro?
-Tiritar. Eso creo. Dorne es más cálido. Tal vez
debería haber navegado por ese camino.
Tyrion empezó a sospechar que cierta lavandera pecosa sabía
más de la Lengua Común de lo que fingía.
-Resulta que mi sobrina Myrcella está en Dorne. Y tengo a
medio pensar un plan para convertirla en reina.
Illyrio sonrió mientras sus criados llenaban tazones de
cerezas negras con crema para ambos.
-¿Qué os ha hecho esa pobre niña, para que
deseéis su muerte?
-Ni siquiera el que mata a alguien de su sangre tiene que matar a
toda su familia -dijo Tyrion, molesto-. Coronarla, he dicho. No
matarla.
El quesero comió unas cerezas con su cuchara.
-En Volantis utilizan una moneda con una corona en una cara y la
cabeza de la muerte en la otra. Pero es la misma moneda. Coronarla es
matarla. Puede que Dorne se alce por Myrcella, pero Dorne solo no es
suficiente. Si sois tan listo como nuestro amigo insiste, lo sabéis.
Tyrion miró al gordo con renovado interés. “Tiene
razón en ambas cosas. Coronarla es matarla. Y lo sé.”
-Sólo me quedan gestos inútiles. Éste haría
que mi hermana derramase lágrimas amargas, al menos.
El magíster Illyrio se limpió la crema de la boca con
el dorso de su gorda mano.
-El camino a Roca Casterly no pasa por Dorne, mi pequeño
amigo. Ni corre junto al Muro. Y sin embargo existe, os lo aseguro.
-Soy un traidor confeso, un regicida y alguien que mata a los de su
sangre-. La charla sobre caminos lo molestó. “¿Se
cree que esto es un juego?”
-Lo que hace un rey, otro puede deshacerlo. En Pentos tenemos un
príncipe, amigo. Preside las fiestas y banquetes y pasea por
la ciudad en un palanquín de marfil y oro. Tres heraldos le
preceden con las balanzas del comercio, la espada de hierro de la
guerra, y el azote de plata de la justicia. El primer día de
cada año tiene que desflorar a la doncella de los campos y a
la doncella de los mares. -Illyrio se inclinó hacia adelante,
los codos sobre la mesa-. Pero si perdemos una cosecha o una guerra,
le cortamos la garganta para apaciguar a los dioses, y escogemos un
nuevo príncipe entre las cuarenta familias.
Tyrion resopló por el agujero que era su nariz.
-Recordadme que nunca me convierta en el Príncipe de Pentos.
-¿Tan diferentes son vuestros Siete Reinos? No hay paz en
Poniente, ni justicia, ni fe... pronto no habrá ni comida.
Cuando los hombres mueren de hambre y están enfermos de miedo,
buscan a un salvador.
-Pueden buscar, pero si lo único que encuentran es a
Stannis...
-Stannis no. Ni Myrcella. Otro. -La sonrisa amarilla se ensanchó-.
Otro. Más fuerte que Tommen, más suave que Stannis, con
más derechos que Myrcella. Un salvador llegado de más
allá del mar para vendar las heridas de Poniente.
-Bonitas palabras -Tyrion no estaba impresionado-. Pero las palabras
se las lleva el viento. ¿Quién es ese maldito salvador?
-Un dragón. -El quesero miró la cara que había
puesto Tyrion y se rió-. Un dragón de tres cabezas.