Un lobo blanco avanzaba
por un bosque negro, bajo un acantilado alto como el cielo. La luna
corría con él, escondiéndose entre una maraña
de ramas desnudas a lo alto, a través del cielo estrellado.
—Nieve
—susurró la luna.
El lobo no respondió.
La nieve crujía bajo sus pezuñas, el viento susurraba
entre los árboles. Y a lo lejos podía oír a sus
compañeros de camada llamándolo, de igual a igual.
También estaban
cazando. Una lluvia salvaje caía sobre su hermano negro
mientras desgarraba la carne de un macho cabrío enorme,
lavándole la sangre del costado, donde el largo cuerno del
macho lo había herido. En otro lugar, su hermana pequeña
levantaba la cabeza aullando a la luna y un millar de primos grises y
pequeños detenían su caza para aullar con ella. Las
colinas allí eran más cálidas y llenas de
ganado. A menudo la manada de su hermana se atiborraba con la carne
de ovejas y vacas y caballos, las presas del hombre, y a veces hasta
con la carne del propio hombre.
—Nieve—insistió
la luna.
El lobo blanco siguió
un camino abierto por el hombre bajo el acantilado de hielo. Tenía
en la boca sabor a sangre, hueso y tendón, y en sus orejas
sonaba la canción de un centenar de primos, pero había
perdido a su otro hermano, el de pelaje gris y olor a verano. Al
principio eran seis, cinco gimoteando ciegos en la nieve junto al
cadáver de la madre y él solo, el albino, gateando
hacia los árboles sobre piernas temblorosas mientras sus
hermanos de camada mamaban leche fría de los pezones
endurecidos por la muerte. . Ahora sólo quedaban cuatro de los
seis nacidos ese día, y uno de ellos estaba perdido.
—Nieve—insistió
la luna.
El lobo blanco huyó
de ella, una flecha blanca volando más allá del hielo,
corriendo hacia la caverna de noche donde el sol se había
escondido, el aliento congelándose en el aire. En las noches
sin estrellas el enorme acantilado era negro como la piedra, una alta
torre de oscuridad a lo alto del ancho mundo, pero cuando salía
la luna relucía pálido y helado como un arroyo helado.
El pelaje del lobo era espeso y enmarañado, pero cuando el
viento soplaba desde el hielo no había piel que pudiese alejar
el frío. Y el lobo sentía que en el otro lado el viento
era aún más frío. Allí estaba su hermano,
el hermano gris que olía a verano.
—Nieve—un
carámbano cayó de una rama. El lobo blanco se giró
hacia el sonido y le enseñó los dientes.
—¡Nieve!
El pelaje se le erizó
cuando el bosque se disolvió a su alrededor.
—Nieve
nieve nieve.
Los
gritos iban acompañados por un batir de alas. Un cuervo voló
a través de la penumbra.
Se
posó en el pecho de Jon con un chirrido de sus garras.
—¡Nieve!—le
gritó en la cara, batiendo las alas.
—Ya
te he oído.
La
habitación estaba en penumbra, el jergón duro. Una luz
grisácea se filtraba por los postigos con la promesa de otro
lóbrego día frío. En los sueños de lobo
siempre era de noche.
—¿Así
es como despertabas a Mormont? Quítame las plumas de la cara.
Jon
sacó un brazo de debajo de las mantas para espantar al cuervo.
Era un pájaro grande, viejo, osado y desaliñado que ya
no le tenía miedo.
—Nieve—graznó,
aleteando hacia el poste de la cama—. Nieve, nieve.
Jon
le lanzó una almohada, pero el cuervo se puso a volar. La
almohada chocó contra la pared y se reventó,
esparciendo el relleno por todas partes justo cuando Edd el
Penas asomaba la cabeza por la
puerta.
—Con
permiso—dijo el mayordomo, ignorando el aleteo de las plumas—,
¿desea mi señor que le traiga algo para desayunar?
—Maíz—graznó
el cuervo—. Maíz, maíz.
—Cuervo
asado—sugirió Jon—. Y media pinta de cerveza.
—Tres
de maíz y un cuervo asado—dijo Edd—. Muy bien, mi
señor, sólo que esta mañana Hobb ha preparado
huevos hervidos, morcilla y manzanas rellenas con ciruelas. Las
manzanas rellenas con ciruelas son excelentes, excepto por las
ciruelas. Yo nunca como ciruelas. Bueno, hubo una vez en que Hobb las
picó con nueces y zanahorias y las escondió en una
gallina. Nunca confiéis en un cocinero, mi señor. Os
ciruelarán cuando menos lo esperéis.
—Luego.—El
desayuno podía esperar; Stannis no.— ¿Algún
problema en los calabozos esta noche?
—No
desde que pusisteis guardias a los guardias, mi señor.
—Bien.
Habían situado a un millar de salvajes más
allá del Muro, los prisioneros que Stannis Baratheon había
tomado cuando sus caballeros aplastaron a la hueste de Mance Ryder.
Muchos de los prisiones eran mujeres, y algunos de los guardas habían
estado sacándolas a hurtadillas para que les calentasen el
lecho. Hombres del rey, hombres de la reina, no importaba la
diferencia; algunos hermanos negros habían intentado lo mismo.
Los hombres eran hombres, y ésas eran las únicas
mujeres en un millar de leguas.
—Dos salvajes más han venido para rendirse
—siguió Edd—. Una madre con una niña subida
a sus faldas. También llevaba un niño envuelto en
pieles, pero estaba muerto.
—Muerto—dijo el cuervo del Viejo Oso. Era
una de sus palabras preferidas.— Muerto, muerto, muerto.
Casi cada noche venía gente del pueblo libre,
criaturas hambrientas y medio heladas que habían huido del
combate bajo el Muro sólo para darse cuenta de que no tenían
lugar al que huir.
—¿Se
interrogó a la madre? —preguntó Jon. Stannis
Baratheon había esparcido la hueste de Mance Rayder en trozos
y capturado al Rey-más-allá-del-Muro... pero los
salvajes aún estaban ahí fuera, el Llorón y
Tormund Matagigantes y
miles más.
—Sí, mi señor —dijo Edd—,
pero todo lo que sabe es que huyó durante la batalla y que
luego se escondió en los bosques. La llenamos de gachas y la
enviamos a los corrales, y quemamos al crío.
Quemar niños muertos había dejado de
preocupar a Jon Nieve; los vivos eran otro tema. Dos reyes para
levantar al dragón, recordó. Primero el padre y luego
el hijo, así ambos morirían siendo reyes. Uno de los
hombres de la reina había murmurado esas palabras mientras el
Maestre Aemon le limpiaba las heridas tras la batalla. Jon se había
horrorizado cuando se las repitieron.
—Era la fiebre hablando por él—dijo,
pero el Maestreo Aemon objetó.
—Hay poder en la sangre de un rey, Jon—le
avisó—, y hombres mejores que Stannis han hecho cosas
peores.
Puede que el rey fuese duro e incapaz de perdonar, sí,
pero ¿un bebé que aún mamaba? Sólo un
monstruo arrojaría a un niño vivo a las llamas.
Meó
en la oscuridad, llenando la escudilla mientras el cuervo del Viejo
Oso mascullaba quejas. Los sueños de lobo se habían
vuelto más fuertes, y Jon se encontraba recordándolos
incluso despierto. Fantasma
sabía que Viento Gris
estaba muerto. Robb había muerto en Los Gemelos, traicionado
por hombres a los que consideraba amigos, y Viento Gris
había muerto con él. Bran y Rickon también
habían sido asesinados, decapitados por ese cambiacapas de
Theon Greyjoy... pero si los sueños no mentían, sus
lobos huargo habían escapado. En Cruce de la Reina, uno había
salido de la oscuridad y le había salvado la vida a Jon.
Verano, debía de ser. Su pelaje es gris, y el de
Peludo es negro. Se preguntó
si alguna parte de sus hermanos muertos viviría aún en
sus lobos.
Jon llenó la pila con el jarrón de agua
que había junto a la cama, se lavó la cara y las manos,
se puso un conjunto de prendas de lana negras, se abrochó un
chaleco negro y se puso un par de botas de buena calidad. El cuervo
de Mormont miraba con ojos negros y atentos, luego revoloteó
hasta la ventada.
—¿Te crees que soy tu esclavo?—le
preguntó Jon.
Cuando
abrió la ventana, con los gruesos paneles de cristal amarillo
en forma de diamantes, el frío de la mañana le golpeó
en la cara. Respiró hondo para quitarse las telarañas
de la noche mientras el cuervo aleteaba. El pájaro
es demasiado listo. Había
sido el compañero del Viejo Oso durante muchos años,
pero eso no le había impedido comerse la cara de Mormont
cuando murió.
Fuera de su dormitorio un tramo de escalones descendía
a una habitación mayor amueblada con madera de pino marcada y
una docena de sillas de roble y cuero. Con Stannis en la Torre del
Rey y la Torre del Comandante quemada hasta los cimientos, Jon se
había establecido en las modestas habitaciones de Donal Noye
tras la armería.
El
pergamino que el rey le había traído para que lo
firmase estaba en la mesa bajo una copa de plata que había
pertenecido a Donal Noye. El herrero de un solo brazo había
dejado pocos efectos personales: la copa, seis peniques y una
estrella de cobre, un broche de níquel con el cierre roto y un
brocado con el venado de Bastión de Tormentas que olía
a humedad. Sus herramientas habían sido su tesoro, y las
espadas y cuchillos que hizo. Su vida estaba en la forja. Jon apartó
la copa y leyó el pergamino de nuevo. Si pongo mi
sello en él, siempre seré recordado como el Lord
Comandante que entregó el Muro,
pensó, pero si me niego...
Stannis
Barathen se estaba convirtiendo en un huésped irritable, y
además incansable. Había cabalgado por el Camino Real
al menos hasta Corona de la Reina, merodeado por los cobertizos
vacíos de Mole's Town, inspeccionado los castillos en ruinas
de Puerta de la Reina y Escudo de Roble. Cada noche caminaba por lo
alto del Muro con Lady Melisandre, y durante el día visitaba
los calabozos escogiendo prisioneros para que la mujer roja los
interrogase. No le gusta que le desafíen. No va a
ser una mañana agradable,
se temía Jon.
De
la armería llegaba el estruendo de escudos y espadas mientras
los últimos chavales y reclutas novatos se armaban. Podía
oír la voz de Férreo Emmet diciéndoles que se
diesen prisa. A Cotter Pyke no le había gustado perderlo, pero
el joven explorador tenía un don para entrenar hombres. Le
encanta luchar, y hará que a esos chavales también les
encante. O eso esperaba.
La
capa de Jon colgaba de una clavija en la puerta, el cinturón
de la espada de otra. Se abrochó las dos y salió de la
armería. Vio que la alfombrilla sobre la que dormía
Fantasma estaba vacía.
Dos guardias permanecían junto a las puertas con capas negras,
yelmos de hierro y lanzas en las manos.
—¿Desea mi señor una escolta?
—preguntó Garse.
—Creo que puedo encontrar la Torre del Rey yo
solo.
Jon odiaba tener guardias siguiéndolo
dondequiera que fuese. Lo hacía sentir como una madre pato
dirigiendo una procesión de patitos.
Los
chavales de Férreo Emmet se estaban entrenando cuando Jon
salió, espadas romas golpeando escudos y repicando unas contra
otras. Jon se detuvo para contemplar un momento mientras Caballo
hacía retroceder a Brincos Robin hacía el pozo. Caballo
tenía las maneras de un buen guerrero, decidió. Era
fuerte y se estaba volviendo más fuerte aún, y tenía
el instinto afinado. Brincos Robin era otro tema. Su juego de pies ya
era lo bastante malo, pero además tenía miedo de ser
golpeado. Tal vez podamos convertirlo en un mayordomo.
La batalla acabó de golpe, con Brincos Robin en el suelo.
—Buen combate—le dijo Jon a Caballo—,
pero bajas demasiado el escudo cuando atacas. Más vale que lo
corrijas, o hará que te maten.
—Sí, mi señor. Lo mantendré
en alto la próxima vez.
Caballo levantó a Brincos Robin y el muchacho
hizo una tosca reverencia.
Unos
cuantos caballeros de Stannis también se estaban entrenando al
otro lado del campo. Hombres del rey a un lado y hombres de la reina
al otro, se dio cuenta Jon, pero sólo unos pocos. Hace
demasiado frío para la mayoría de ellos.
Mientras Jon pasaba a su lado, una voz potente gritó tras él.
—¡Muchacho!
¡Tú, ese de ahí! ¡Muchacho!
Muchacho no era lo peor que le habían dicho
desde que fue elegido Lord Comandante. Lo ignoró.
—Nieve—insistió la voz—, Lord
Comandante.
Esta vez se detuvo y se giró.
—¿Ser?
El
caballero le sacaba seis pulgadas [NdT: unos 15 cm].
—Un hombre que lleva acero valyriano debería
usarlo para algo más que rascarse el culo.
Jon
había visto a éste por el castillo: un caballero de
gran renombre, según él mismo contaba. Durante la
batalla bajo el Muro, Ser Godry Farring había matado a un
gigante que huía, corriendo tras él a caballo y
clavándole la lanza por la espalda, luego desmontando para
cortar la cabeza lastimosamente pequeña de la criatura. Los
hombres de la reina habían empezado a llamarlo Godry el
Matagigantes. Cada vez
que lo oía, Jon recordaba a Ygrittete, gritando: “Soy el
último de los gigantes”.
—Uso
Garra cuando tengo que
hacerlo, ser.
—¿Cómo de bien, sin embargo? —Ser
Godry desenvainó su propia espada.— Enséñamelo.
Prometo no herirte, muchacho.
Qué
amable por tu parte, pensó
Jon.
—Tal vez en otro momento. Me temo que debo
atender otros asuntos ahora.
—Teméis. Eso lo veo. —Ser Godry miró
a sus amigos sonriendo burlonamente—Se teme—repitió,
para los más lentos.
—Si me excusáis —Jon le dio la
espalda.
El
Castillo Negro parecía un lugar lóbrego e inhóspito
bajo la pálida luz del alba. Mi dominio,
reflexionó tristemente Jon Nieve, tanto una ruina
como una fortaleza. La Torre del
Lord Comandante era un armazón, la Sala Común una pila
de vigas ennegrecidas y la Torre de Hardin parecía a punto de
ser derrumbada por la próxima ráfaga de viento...
aunque lo había parecido durante muchos años. Tras
ellas el Muro se elevaba enorme y pálido. Incluso a esta hora
estaba atestado de hombres, constructores elevando una nueva escalera
para unirla a lo que quedaba de la anterior. Othell Yarwyck había
dado prioridad absoluta a la tarea, y trabajaban del alba al
anochecer. Sin la escalera no había forma de alcanzar lo alto
del Muro salvo por el cabestrante, y no serviría si los
salvajes atacaban de nuevo.
Por encima de la Torre del Rey, el gran estandarte
dorado de batalla de la Casa Baratheon ondeaba como un látigo
sobre el tejado donde Jon Nieve había merodeado con un arco en
la mano no hacía demasiado, matando thennos y gente del pueblo
libre junto a Seda y Deaf Dick Follard. Dos hombres de la reina
permanecían temblando en los escalones, las manos metidas en
las pecheras y las lanzas apoyadas sobre las puertas.
—Esos guantes de ropa no os servirán—les
dijo Jon—. Acudid a Bowen Marsh por la mañana y os dará
a cada uno un par de guantes de cuero revestidos de piel.
—Lo haremos, mi señor, y gracias—dijo
el mayor de los guardias.
—Eso si nuestras malditas manos no están
congeladas—añadió el joven, su aliento una nube
pálida—. Solía creer que hacía frío
en las Marcas Dornianas. ¿Qué sabía yo?
Nada,
pensó Jon, igual que yo.
A
medio camino de los escalones encontró a Samwell Tarly,
cabizbajo.
—¿Vienes de ver al Rey? —le preguntó
Jon.
—El Maestre Aemon me envió con una
carta—asintió Sam.
—Ya veo. —Algunos señores confiaban
en sus maestres para leer las cartas y transmitirles las noticias,
pero Stannis insistía en romper los sellos él mismo.—
¿Cómo se lo ha tomado Stannis?
—No estaba contento, por su cara. —Sam
redujo la voz hasta un susurro.— Se supone que no debo hablar
de ello.
—Entonces no lo hagas. —Jon se preguntó
cuál de los hombres de su padre se habría negado a
rendirle homenaje a Stannis esta vez. Se dio mucha prisa en hacer
correr la voz cuando Karhold se declaró a su favor. —¿Cómo
vais tú y tu arco?
—Encontré un buen libro sobre
arquería—dijo el joven gordo—, pero hacerlo es más
difícil. Me salen ampollas.
—Sigue con ello. Podríamos necesitar tu
arco en el Muro si los Otros aparecen alguna noche oscura.
—Oh, espero que no—dijo Sam,
estremeciéndose.
Jon encontró más guardias fuera del solar
del rey.
—No se permiten armas en presencia de Su
Majestad, mi señor—dijo su sargento—. Necesito que
me deis esa espada. También vuestras dagas.
Jon sabía que no serviría de nada
protestar. Les dio sus armas.
Dentro
del solar el ambiente era más cálido. Lady Melisandre
estaba sentada junto al fuego, su rubí brillando sobre la
pálida piel de la garganta. Ygritte había sido besada
por el fuego; la sacerdotisa roja era fuego, y su pelo sangre y
llama. Stannis permanecía tras la basta mesa de piedra donde
el Viejo Oso acostumbraba a sentarse para comer. Un mapa grande del
norte pintado sobre un trozo de cuero arrugado cubría la mesa.
Una vela de sebo sostenía una de sus puntas, un guantelete de
acero la otra.
El rey vestía pantalones de montar de lana de
cordero y un jubón acolchado, aunque de algún modo
parecía tan rígido e incómodo como si llevase
placas y cota de malla. Su piel era cuero pálido, su barba
rasurada tan corta que parecía pintada. Todo lo que quedaba de
su pelo negro era un flequillo sobre las sienes . En las manos tenía
un pergamino con un sello roto de cera verde oscura.
Jon se arrodilló. El rey frunció el ceño
ante él y arrugó el pergamino con ira.
—Alzaos. Decidme, ¿quién es Lyanna
Mormont?
—Una de las hijas de Lady Maege. Señor. La
más joven. La llamaron así por la hermana de mi padre.
—Para ganarse el favor de vuestro padre, no lo
dudo. ¿Cuántos años tiene esa maldita criatura?
Jon tuvo que pensarlo unos instantes.
—Diez. O lo bastante cerca como para que no
importe. ¿Puedo saber cómo os ha ofendido, Su Majestad?
Stannis leyó de la carta:
—“La Isla del oso no conoce a ningún
rey salvo el Rey del Norte, cuyo nombre es Stark.” Una niña
de diez años, decís, y presume de regañar a su
legítimo rey. —Su barba tan rasurada parecía una
sombra sobre sus mejillas.— Aseguraos de mantener esta
corriente en silencio, Lord Nieve. Karhold está conmigo, eso
es todo lo que la gente necesita saber. No quiero que vuestros
hermanos intercambien cuentos sobre cómo esta niña me
escupe.
—Como ordenéis, señor.
Maege
Mormont había cabalgado al sur con Robb, Jon lo sabía.
Su hija mayor también se había unido a la hueste del
Joven Lobo. Incluso aunque ambas hubiesen muerto, sin embargo, Lady
Maege tenía otras hijas, más jóvenes que Dacey
pero mayores que Lyanna. No entendía por qué era la más
joven de las Mormont quien escribía a Stannis, y parte de él
no podía evitar plantearse si la respuesta de la niña
hubiese sido diferente si la carta hubiese llevado el sello del lobo
huargo en vez del venado coronado, y firmada por Jon Stark, Lord de
Invernalia. Es demasiado tarde para esas dudas,
se recordó a sí mismo. Hiciste tu elección.
—Se han enviado dos cuervos—se quejó
amargamente el rey—, pero no obtenemos otra respuesta que
silencio y desafío. Rendir homenaje es el deber de todo siervo
leal debe para su rey. Pero los abanderados de vuestro padre me dan
la espalda, salvo los Karstark. ¿Es Arnold Karstark el único
hombre de honor en el norte?
Arnold Karstark era el tío del difunto Lord
Rickard. Había sido nombrado castellano de Karhold cuando su
sobrino y sus hijos fueron al sur con Robb, y había sido el
primero en enviar un cuervo en respuesta a la petición de
pleitesía de Stannis, declarando su alianza. Los Karstark no
tenían otra opción, podía haber señalado
Jon. Lord Rickard Karstark había traicionado al lobo huargo y
derramado la sangre de los leones. El venado era la única
esperanza de Karhold, y Stannis lo sabía tan bien como Jon.
—En tiempos tan confusos como éstos
incluso los hombres de honor deben plantearse dónde está
su deber. —le dijo al rey—. Su Majestad no es el único
rey que pide obediencia.
—Decidme, Lord Nieve —dijo Lady
Melisandre—, ¿dónde estaban esos otros reyes
mientras los salvajes asediaban vuestro Muro?
—A un millar de leguas de aquí, y sordos a
nuestra necesidad. No he olvidado eso. Ni lo haré. Pero los
vasallos de mi padre tienen esposas e hijos que proteger, y un pueblo
que morirá si se equivocan al escoger. Les pedís
demasiado, señor. Dadles tiempo, y tendréis sus
respuestas.
—¿Respuestas como ésta? —Stannis
arrugó la carta de Lyanna en su puño.
—Hasta en el norte los hombre temen la ira de
Tywin Lannister—dijo Jon—. Los Bolton también son
un terrible enemigo. No es casualidad que dibujasen un hombre
desollado en su estandarte. El norte cabalgó con Robb, sangró
con él, murió por él. Han comido pena y muerte,
y ahora llegáis vos a ofrecerles otro plato. ¿Los
culpáis porque se echen atrás? Perdonadme, Alteza, pero
algunos os mirarán y sólo verán otro maldito
pretendiente.
—Si
Su Majestad está condenado, vuestro reino también lo
está —dijo Lady Melisandre—. Recordadlo, Lord
Nieve. Es el único rey verdadero de Poniente quien se alza
ante vos.
Jon convirtió su cara en una máscara.
—Como digáis, mi señora.
—Gastáis vuestras palabras como si cada
una fuese un dragón dorado—resopló Stannis—.
Me pregunto cuánto oro os queda.
—¿Oro?
—Son ésos los dragones que la mujer roja
pretende invocar? ¿Dragones de oro?—Los
impuestos que recaudamos son en especies, Su Majestad. La Guardia es
rica en nabos, pero pobre en monedas.
—Los nabos no contentarán a Salladhor
Saan. Necesito oro o plata.
—Para eso necesitáis Puerto Blanco. La
ciudad no puede compararse con Ciudadela o Desembarco del Rey, pero
aun así es un puerto próspero. Lord Manderly es el más
rico de los abanderados de mi padre.
—Lord-demasiado-gordo-para-montar-a-caballo.—La
carta que Lord Wyman Manderly había enviado desde Puerto
Blanco hablaba de su edad y su dolencia, y poco más. Stannis
le había ordenado a Jon que tampoco hablase de eso.
—Tal vez al señor le apetecería
como esposa una mujer salvaje —sugirió Lady Melisandre—.
¿Este hombre gordo está casado, Lord Nieve?
—Hace
tiempo que su esposa murió. Lord Wyman tiene dos hijos
adultos, y nietos por parte del mayor. Y está demasiado gordo
para montar a caballo, treinta piedras al menos. [NdT: algo
más de 190 kg] Val nunca
lo tomará.
—Sólo por una vez podríais intentar
darme una respuesta que me satisfaga, Lord Nieve—refunfuñó
el rey.
—Espero que la verdad os satisfaga, señor.
Vuestros hombres llaman a Val princesa, pero para el pueblo libre es
sólo la hermana de la esposa muerta de su rey. Si la obligáis
a casarse con un hombre que no le gusta probablemente le cortará
la garganta en su noche de bodas, pero aunque acepte a su marido, eso
no significa que los salvajes vayan a seguirle, o a vos. El único
hombre que puede atarlos a vuestra causa es Mance Rayder.
—Eso ya lo sé—dijo Stannis con
tristeza—. He pasado mucho rato hablando con ese hombre. Sabe
mucho de nuestro verdadero enemigo, y hay fuerza en él, os lo
aseguro. Aunque renunciase a su reinado, sin embargo, el hombre sigue
siendo un perjuro. Si permito que un desertor viva, incitará a
otros a desertar. No. Las leyes deben estar hechos de hierro, no de
pudin. La vida de Mance Rayder está condenada por cada ley de
los Siete Reinos.
—La ley termina en el Muro, Su Majestad. Podrías
utilizar a Mance.
—Lo haré. Lo quemaré y mostraré
al norte cómo trato a los cambiacapas y a los traidores. Tengo
a otros hombres para dirigir a los salvajes. Y tengo al hijo de
Rayder, no lo olvidéis. Cuando el padre muera, su cachorro
será el Rey-más-allá-del-Muro.
—Su
Majestad está en un error. —No sabes nada, Jon
Nieve, solía decir
Ygritte, pero había aprendido.—El bebé no es más
príncipe que Val princesa. Uno no se convierte en
Rey-más-allá-del-Muro porque su padre lo haya sido.
—Bien—dijo Stannis—, porque no voy a
soportar otros reyes en Poniente. Ya basta de Rayder. ¿Has
firmado la petición?
Y ahora llegaba. Jon cerró sus dedos quemados y
los abrió de nuevo.
—No, Majestad. Pedís demasiado.
—¿Pedir? Os pedí que fueses Lord de
Invernalia y Guardián del Norte. Os exijo esos castillos.
—Os hemos cedido el Fuerte de la Noche—dijo
Jon Nieve.
—Ratas y ruinas. Es un regalo de pordiosero que
no le cuesta nada a quien lo da. Vuestro propio hombre Yarwick dice
que no se podrá vivir en el castillo antes de medio año.
—Los otros castillos no están mejor.
—Lo sé. No importa. Son todo lo que
tenemos. Hay diecinueve a lo largo del Muro, y sólo tenéis
hombres en tres de ellos. Quiero tenerlos todos guarnecidos de nuevo
antes de que se acabe el año.
—No discrepo en eso, señor, pero también
se comenta que pretendéis conceder esos castillos a vuestros
caballeros y señores, para que sean sus propias sedes como
vasallos de Su Majestad.
—Se espera de los reyes que sean generosos con
sus seguidores. ¿Acaso no le enseñó Lord Eddard
nada a su bastardo? Muchos de mis caballeros y señores han
abandonado tierras ricas y castillos fuertes en el sur. ¿Su
lealtad no debe ser recompensada?
—Si Su Alteza desea perder a todos los vasallos
de mi padre, no hay mejor modo que entregando sedes norteñas a
señores del sur.
—¿Cómo puedo perder hombres que no
tengo? Intenté otorgarle Invernalia a un norteño, tal
vez lo recordéis. Un hijo de Eddard Stark. Me lanzó esa
oferta a la cara.
Stannis Baratheon ante una afrenta era como un mastín
ante un hueso: lo roía hasta las astillas.
—Por derecho Invernalia le pertenece a mi hermana
Sansa.
—¿Lady Lannister, queréis decir?
¿Tan ansioso estáis de ver al Gnomo sentarse en el
trono de vuestro padre?
—No—dijo Jon.
—Bien. No sucederá mientras yo viva, Lord
Nieve.
Jon sabía que no debía insistir en ese
punto.
—Señor, algunos afirman que queréis
conceder tierras y castillos a Casaca de Matraca y al Magnar de
Thenn.
Los ojos del rey se volvieron dos piedras azules.
Rechinó los dientes y dijo:
—¿Quién os ha dicho eso?
—¿Importa? —El rumor corría
por todo el Castillo Negro. —Si queréis saberlo, oí
la historia de Gilly.
—¿Quién es Gilly?—exigió
saber el rey.
—La nodriza—dijo Lady Melisandre—. Su
Majestad le concedió libertad dentro del castillo.
—No para esparcir rumores. Necesitamos sus tetas,
no su lengua. Obtendré más leche de ella y menos
mensajes.
—El Castillo Negro no necesita bocas inútiles—Jon
estuvo de acuerdo—. Voy a enviar a Gilly al sur con el
siguiente barco que parta de Guardaoriente.
Melisandre tocó el rubí de su cuello.
—Gilly da de mamar tanto al hijo de Dalla como al
suyo. Parece una crueldad por vuestra parte que queráis
separar a nuestro pequeño príncipe de su hermano de
leche, mi señor.
Con
cuidado ahora, con cuidado.
—La
leche materna es todo lo que comparten. El hijo de Gilly es mayor y
más robusto. Patea al príncipe y lo pellizca y lo
empuja fura de la cuna. Su padre era Craster, un hombre cruel y
avaricioso, y lleva su sangre.
Stannis frunció el ceño.
—Me dijeron que la nodriza era la esposa de ese
tal Craster.
—Esposa e hija, ambas. Craster se casaba con
todas sus hijas. El hijo de Gilly es el fruto de esa unión.
—¿Su propio padre le hizo un hijo? Nos
libraremos de él, entonces. No toleraré esas
abominaciones. Esto no es Desembarco del Rey.
—Puedo encontrar otra nodriza. Si no hay ninguna
entre los salvajes, enviaré a buscarla a los clanes de la
montaña. Hasta entonces, la leche de cabra bastará para
el niño, si eso satisface a Su Majestad.
—Una comida pobre para un príncipe... pero
mejor que la leche de una puta, sí.—Stannis tamborileó
los dedos sobre el mapa.—Si podemos volver al tema de los
castillos...
—Alteza—dijo Jon con gélida
cortesía—, he acogido a vuestros hombres y los he
alimentado a costa de nuestras reservas de invierno. Los he vestido
para que no se congelen.
Stannis no se apaciguó.
—Sí,
habéis compartido la sal y el cerdo y las gachas, y nos habéis
arrojado algunos harapos negros para calentarnos. Harapos que los
salvajes habrían arrancado de vuestros cadáveres si no
hubiese venido al norte.
Jon ignoró eso.
—Os he dado forraje para vuestros caballos, y
cuando la escalera esté terminada os prestaré
constructores para que restauren el Castillo de la Noche. Incluso he
accedido a que asentéis salvajes en el Agasajo, que fue
entregado a la Guardia de la Noche a perpetuidad.
—Me ofrecéis tierras vacías y
desoladas, pero me denegáis los castillos que necesito para
recompensar a mis señores y vasallos.
—La Guardia de la Noche construyó esos
castillos...
—Y la Guardia de la Noche los abandonó.
—...para defender el Muro—terminó
Jon tercamente—, no como sedes para salvajes y señores
sureños. El mortero para las piedras de esos castillos fue la
sangre y los huesos de mis hermanos, muertos tiempo atrás. No
puedo entregároslos.
—¿No podéis o no queréis?—Los
cordones en el cuello del rey colgaban afilados como espadas.—Y
pensar que os ofrecí un nombre.
—Tengo un nombre, Alteza.
—Nieve. ¿Hubo alguna vez un nombre con
peores presagios?—Stannis se tocó la empuñadura
de la espada.—¿Quién os creéis que sois?
—El guardián sobre los muros. La espada en
la oscuridad.
—No
me sermoneéis con vuestros votos.—Stannis sacó la
espada que llamaba Portadora de la Luz.—Aquí
tenéis la espada en la oscuridad.—La luz ondeó
arriba y abajo por la hoja, ora roja, ora amarilla, ora naranja,
pintando el rostro del rey con azules brillantes y ásperos.—Incluso
un muchacho verde debería poder ver eso. ¿Estáis
ciego?
—No, señor. Estoy de acuerdo en que los
castillos deben ser guarnecidos...
—El niño comandante está de
acuerdo. Qué afortunado.
—...por la Guardia de la Noche—terminó
Jon.
—No tenéis hombres suficientes.
—Entonces dádmelos, señor. Os
proporcionaré oficiales para cada uno de los castillos
abandonados junto con hombres que conocen el muro y las tierras de
más allá, que saben cómo sobrevivir al invierno
que se acerca. A cambio de todo lo que os hemos dado, concededme
hombres para llenar guarniciones. Hombres de armas, arqueros,
novatos. Aceptaré incluso a los heridos y enfermos.
Stannis lo miró con incredulidad, luego soltó
un estallido de risa.
—Sois valiente, Nieve, lo admito, pero estáis
loco si creéis que mis hombre vestirán el negro.
—Pueden vestir capas del color que quieran
mientras obedezcan a mis oficiales como lo harían con los
vuestros.
El rey se mantuvo impasible.
—Tengo caballeros y señores a mi servicio,
vástagos de casas nobles y antiguas. No podéis
pretender que sirvan junto a cazadores furtivos, campesinos y
asesinos.
¿O
bastardos, señor?
—Vuestra
propia Mano es un contrabandista.
—Era un contrabandista. Le acorté los
dedos por eso. Me han dicho que sois el novecientos noventa y ocho
comandante de la Guardia de la Noche, Lord Nieve. Me pregunto qué
diría el novecientos noventa y nueve sobre esos castillos. La
visión de vuestra cabeza en una pica puede inducirle a ser más
servicial.—El rey dejó su brillante espada sobre el
mapa, a lo largo del Muro, el acero rielando como rayos del sol sobre
el agua.—Sólo sois Lord Comandante porque lo permito.
Haríais bien en recordarlo.
—Soy el Lord Comandante porque mis hermanos me
escogieron.
—¿Lo hicieron?—El mapa yacía
entre ambos como un campo de batalla empapado por los colores de la
espada encendida.—Alliser Thorne se queja por la forma en que
fuisteis elegido, y no puedo decir que no tenga razones. El recuento
lo hizo un hombre ciego con vuestro gordo amigo a su lado. Y Slynt os
llama cambiacapas.
¿Y
quién reconocería a uno mejor que Slynt?
—Un cambiacapas os diría lo que deseáis
oír y luego os traicionaría. Su Majestad sabe que fui
elegido legalmente. Mi padre siempre dijo que erais un hombre
justo.—Justo pero severo, fueron las palabras exactas de Lord
Eddard, pero Jon no consideraba que fuese sabio compartirlas ahora.
—Lord Eddard no era mi amigo, pero no le faltaba
cierto sentido común—dijo Stannis—. Él me
hubiese dado esos castillos.
Nunca.
—No puedo decir qué habría hecho mi
padre. Hice un juramente, Alteza. El Muro está en mis manos.
—Por ahora. Ya veremos cómo lo
mantienes.—Stannis lo señaló—. Quedaos
vuestras ruinas, ya que significan tanto para vos. Os prometo, sin
embargo, que si alguna permanece vacía cuando se acabe el año,
las tomaré con o sin vuestro permiso. Y si una sola de ellas
cae ante el enemigo, vuestra cabeza la seguirá pronto. Ahora
marchaos.
Lady Melisandre se levantó de su lugar junto a
la chimenea.
—Con vuestro permiso, señor, acompañaré
a Lord Nieve de vuelta a sus estancias.
—¿Por qué? Conoce el
camino.—Stannis les hizo un gesto de rechazo con la mano—.
Haced lo que queráis. Devan, comida. Huevos hervidos y
limonada.
Tras la calidez del solar del rey, el frío de la
escalera calaba hasta los huesos.
—Se está levantando viento, mi señora—el
sargento advirtió a Melisandre mientras le devolvía las
armas a Jon—. Podrías necesitar una capa más
cálida.
—Mi fe me calienta.—La mujer roja bajó
los escalones junto a Jon.—Su Majestad os está cogiendo
cariño.
—Ya lo he notado. Sólo ha amenazado con
decapitarme dos veces.
Melisandre rió.
—Son sus silencios lo que debéis temer, no
sus palabras.
Mientras salían al patio, el viento hizo ondear
la capa de Jon y la lanzó sobre ella. La sacerdotisa roja
apartó la lana negra a un lado y deslizó su brazo con
él de él.—Puede que no os equivoquéis
sobre el rey salvaje. Miraré entre las llamas y rezaré
para que el Señor de la Luz me guíe. Mis fuegos me
muestran mucho, Jon Nieve. Puedo ver a través de la piedra y
la tierra, y hallar la verdad en la oscuridad de las almas de los
hombres. Puedo hablar con reyes que murieron hace tiempo y con niños
que aún no han nacido, y contemplar como un parpadeo el paso
de los años y las estaciones hasta el final de los días.
—¿Vuestros fuegos nunca se equivocan?
—Nunca... aunque los sacerdotes somos mortales y
a veces confundimos lo que debe suceder con lo que puede suceder.
Jon notaba su calor, incluso a través de la lana
y el cuero. La visión de ellos cogidos del brazo atraía
miradas curiosas. Habría susurros en las barracas por la
noche.
—Si de veras podéis ver el porvenir en
vuestras llamas, decidme cuándo y dónde será el
siguiente ataque de los salvaje—dijo, liberándose de su
brazo.
—R'hllor nos envía las visiones que
quiere, pero buscaré a ese tal Tormund en las llamas—los
labios rojos de Melisandre se curvaron en una sonrisa—. Os he
visto en mis fuegos, Jon Nieve.
—¿Es una amenaza, mi señora?
¿También pretendéis quemarme?
—Malinterpretáis mis palabras.—Se
rió.—Me temo que os inquieto, Lord Nieve.
Jon no lo negó.
—El Muro no es lugar para una mujer.
—Os equivocáis. He soñado con
vuestro Muro, Jon Nieve. Grande fue la sabiduría que lo
construyó, y grandes los hechizos encerrados bajo su hielo.
Caminamos junto a uno de los ejes del mundo.—Melisandre miró
hacia lo alto con ternura, su aliento una cálida nube húmeda
en el aire.—Éste es mi lugar así como el vuestro;
pronto tendréis gran necesidad de mi. No rechacéis mi
amistad, Jon. Os he visto en la tormenta, rodeado, con enemigos a
cada lado. Tenéis tanto enemigos. ¿Debo deciros sus
nombres?
—Ya sé sus nombres.
—No estéis tan seguros.—El rubí
en la garganta de Melisandre lanzó un destello rojo.—No
debéis temer a los enemigos que os maldicen a la cara, sino a
los que sonríen cuando miráis y afilan los cuchillos
cuando les dais la espalda. Harías bien en mantener a vuestro
lobo cerca. Veo hielo, y dagas en la oscuridad. Sangre helada roja y
dura, y acero desnudo. Hacía mucho frío.
—Siempre hace frío en el Muro.
—¿Eso creéis?
—Lo sé, mi señora.
—Entonces
no sabes nada, Jon Nieve —susurró.