Oyó al
hombre muerto acercándose. Los pasos lentos y acompasados lo
precedían escaleras arriba, haciendo eco entre los pilares del
salón de mármol morado.
—Alteza
—dijo ser Barristan Selmy, Lord Comandante de la Guardia de la
Reina—, no hay necesidad de que paséis por esto.
—Sí
que la hay. —La voz de Dani era firme.— Murió por
mí. —Se arrebujó en la piel de león que
vestía. Debajo, una túnica de lino blanco fino la
cubría sólo hasta la mitad del muslo. Había
estado soñando cuando Missandei la despertó, soñando
una casa blanca con una puerta roja, y no tuvo tiempo de vestirse.
—Khaleesi
—dijo su doncella Irri—, no toques al muerto. Da mala
suerte tocar a los muertos.
—A menos
que los hayas matado tú mismo —dijo Jiqui, su otra
doncella. Era más corpulenta que Irri, con caderas anchas y
grandes pechos—. Todo el mundo lo sabe.
—Todo el
mundo lo sabe —asintió Irri.
Dany no les hizo
casi. Los dothrakis eran sabios en lo referente a los caballos, pero
podían ser unos completos estúpidos en otras cosas. Son
sólo muchachas, además. Sus doncellas tenían
la misma edad que ella, parecían mujeres con su cabello negro,
piel cobriza y ojos almendrados, pero eran niñas al fin y al
cabo. Khal Drogo, su sol y estrellas, se las había regalado.
Drogo le había dado la piel también, la cabeza y la
piel de un hrakkar, el león blanco del mar de los
dothraki. Le iba grande y olía a rancio, pero la hacía
sentir como si Drogo aún estuviese con ella.
Gusano Gris
apareció primero, subiendo los escalones con una antorcha en
la mano. Su casco de capitán estaba coronado por tres picas.
Tras él iban cuatro de sus Inmaculados llevando al hombre
muerto sobre los hombros. Bajo los cascos dorados, sus caras eran tan
inexpresivas que parecían también esculpidas en bronce.
Daenerys
Targaryen los esperó sentada en el banco de ébano que
era su trono. Tenía los ojos medio cerrados por el sueño
y el cabello plateado y dorado revuelto. Soy de la sangre del
dragón, se recordó a sí misma, y los
dragones no conocen el miedo. Dejaron el cadáver a sus
pies. Ser Barristan retiró el sudario manchado de sangre.
Gusano Gris acercó la antorcha, para que pudiese verlo.
El hombre muerto
no había sido mayor de veinte. El rostro era suave e imberbe,
aunque le habían abierto las mejillas de oreja a oreja. Era un
hombre alto, guapo, con ojos azul claro. Algún muchacho de
Lys o la vieja Volantis, pensó, secuestrado por
corsarios y vendido como esclavo en la roja Astapor. Aunque tenía
los ojos abiertos, lo que lloraba eran sus heridas. Tenía más
de las que pudo contar. Dany lo había visto antes, aunque no
recordaba si había hablado con él.
—Alteza
—dijo ser Barristan—, había una arpía
tirada sobre las baldosas en el callejón donde fue
encontrado...
—...tirado
sobre su propia sangre —Daenerys ya conocía la historia.
Los Hijos de la Arpía hacían sus carnicerias de noche,
y cerca de cada asesinato dejaban su marca. —Gusano Gris, ¿por
qué este hombre estaba solo? ¿No tenía
compañero? —Cuando los Inmaculados patrullaban por las
calles, siempre iban en parejas.
—Graciosa
reina —respondió el capitán Inmaculado—,
vuestro servidor Escudo Incondicional no tenía trabajo esta
noche. Había ido a... a cierto lugar... a beber, y tener
compañía.
—¿A
cierto lugar? ¿Qué lugar? ¿Qué queréis
decir?
—Una casa
de placer, Alteza. —Bajo el casco con la pica de bronza, la
cara de Gusano Gris parecía esculpida en piedra.
Un burdel.
La mitad de sus libertos eran de Yunkai, donde los Sabios Amos eran
famosos por preparar esclavos de cama. El camino de los siete
suspiros. No era ninguna sorpresa que los burdeles hubiesen
brotado como setas por toda Mereen. Es lo único que
conocen. Luchan por sobrevivir. La comida se volvía
más cara cada día mientras la carne se volvía
más barata. En los distritos más pobres entre las
pirámides escalonadas de la nobleza esclavista de Meeren había
burdeles que abastecían cada deseo erótico concebible,
pero aún así...
—No lo
entiendo. Era un eunuco. —Todos sus Inmaculados eran eunucos.
—¿Por qué querría un eunuco visitar un
burdel?
—Incluso
los que carecen de las partes de un hombre pueden tener el corzón
de un hombre —dijo Gusano Gris— A uno le han dicho que
vuestro sirviente Escudo Incondicional a veces pagaba a las mujeres
de los burdeles para que yaciesen con él y lo abrazasen.
La sangre del
dragón no llora.
—Escudo
Incondicional. ¿Ése era su nombre?
—Si le
place a Su Majestad.
—Sí.
Es un nombre adecuado. —Los Amos Bondadosos de Astapor no
permitían a sus soldados esclavos ni tener nombres. Algunos de
sus Inmaculados reclamaron sus nombres de nacimiento cuando los
liberó; otros escogieron nombres de su propia elección.
—¿Se sabe cuántos atacantes cayeron sobre Escudo
Incondicional?
—Uno no lo
sabe. Muchos.
—Seis o
más, diría —añadió ser Barristan.
—Por la pinta de sus heridas, lo rodearon por todas partes. No
encontraron su espada corta, aunque la vaina estaba vacía.
Puede ser que hiriera a algunos de sus atacantes.
—Esperemos
que lo hiciera. —Dany rezó porque en algun lugar uno de
ellos agonizase entonces, apretándose las entrañas y
retorciéndose de dolor. —¿Por qué le
abrieron las mejillas así?
—Graciosa
reina —dijo Gusano Gris—, los asesinos han metido los
genitales de una cabra por la garganta de vuestro sirviente Escudo
Incondicional. Uno los quitó antes de traerlo aquí.
No pudieron
meterle sus popios genitales, pensó Dany. Los de
Astapor no le dejaron nada, ni raíz ni tallo. "Los
Hijos se vuelven más osados —observó. Hasta
ahora, se habían limitado a atacar a libertos desarmados,
apuñalándolos por las calles o entrando en sus casas al
amparo de la noche para matarlos en sus prpias camas. —Éste
es el primero de mis soldados que matan.
—El
primero —la avisó ser Barristan—, pero no el
último.
Aún
estoy en guerra, se dio cuenta Dany, sólo que ahora
lucho contra sombras. Ese pensamiento la hizo sentir cansada.
Había esperado poder descansar de la matanza, un tiempo para
construir y curarse.
Se quitó
la piel y se arrodilló sobre el mármol, junto al
cadáver. Jhiqui dio un respingo cuando Dany cerró
delicadamente los ojos del hombre muerto.
—Escudo
Incondicional no será olvidado, os lo prometo. Lavadlo y
vestidlo para la batalla, y enterradlo con su casco y escudo y
lanzas.
—Como su
alteza ordene —dijo Gusano Gris.
—Cuando
tus hombres salgan a patrullar hoy, envíalos a las casas de
los sanadores, que pregunten por cualquier hombre que buscase
tratamiento para una herida de espada. Que busquen también la
espada de Escudo Incondicional, y averigüen qué
carniceros o personas pueden haber castrado cabras últimamente.
—Mereen estaba llena de cabras, y cerdos, y perros, pero no
perdían nada por preguntar—. De ahora en adelante, que
ninguno de mis hombres camine solo por la noche, esté o no
cumpliendo con su deber.
—Uno
obedecerá.
Dany se retiró
el cabello. —Encontradme a esos cobardes —dijo
fieramente— Encontradlos para que pueda enseñarle a los
Hijos de la Arpía qué significa despertar al dragón.
—Los
encontraremos, Alteza —Gusano Gris saludó. Los otros
Inmaculados cubrieron el cadáver con el sudario de nuevo, se
cargaron al hombre muerto sobre los hombros y se lo llevaron del
salón.
Ser Barristan
Selmy se quedó tras ella. Su pelo era blanco, y había
patas de cuervo en el rabillo de sus ojos azul pálido. Pero
aún tenía la espalda recta, y los años no le
habían quitado su habilidad con las armas.
—Alteza
—dijo—, me temo que vuestros eunucos no están
capacitados para las tareas que les encomendáis.
Dany se sentó
en el banco y se puso la piel sobre los hombres de nuevo.
—Los
Inmaculados son mis mejores guerreros.
—Soldados,
no guerreros, si su Alteza me permite. Fueron hechos para el campo de
batalla, para permanecer hombro con hombro tras sus escudos, con las
lanzas preparadas ante ellos. Su entrenamiento los enseña a
obedecer sin miedo, perfectamente, sin pensar ni dudar... no a
desvelar secretos o hacer preguntar.
—¿Me
servirían mejor los caballeros? —Selmy estaba entrenando
caballeros para ella, enseñando a los hijos de esclavos a
luchar con lanza y espada larga a la manera de Poniente...¿pero
de qué servirían las lanzas, contra cobardes que
mataban desde las sombras?
—No en
esto —admitió el viejo hombre— Y Su Majestad no
tiene caballeros, salvo yo. Pasarán años antes de que
los niños estén listos.
—¿Entonces
quién, si no los Inmaculados? No los dothraki.
—No —dijo
ser Barristan, decaído.
—No
—asintió Dany. Su khalasar era pequeño,
formado sobre todo por niños aún verdes y hombres
viejos. Y los dothraki luchaban montados a caballo, lo que no les
serviría de nada en las calles y callejones de la ciudad.
—Además, mis jinetes son necesarios fuera de la ciudad.
Más allá
de los muros de baldosas de colores de Mereen, su dominio era débil
en el mejor de los casos. Miles de esclavos trabajaban duro en las
grandes plantaciones de las colinas, cosechando grano y olvias,
pastando cabras y ovejas y obteniendo sal y cobre de las minas. Por
ahora los graneros y despensas de Mereen aún tenían
amplios suministros de grano, aceite, oliva, frutos secos y carne
salada, pero la ciudad estaba llena de bocas hambrientas, y llegaba
poca comida.
Por eso Daenerys
había enviado a Aggo, Jhogo y Rakkharo a ganarse las tierras
de alrededor, mientras que Ben Plumm el Moreno se llevó
a los Segundos Hijos al sur para protegerlos de las incursiones
yunkias. Al galante Daario Naharis le encargó la tarea más
importante. Más allá de las colinas del este había
una pradera rodeada de montañas de arena y piedra, el Paso de
Khysai, y Lhazar. Si Daario podía convencer a los Lhazarenos
para reabrir esa ruta comercial, podrían traer grano río
abajo o sobre las colinas cuando lo necesitasen... pero los Hombres
Cordero no tenían motivos para amar a Meeren. Daario los
convencerá, si alguien puede hacerlo. El capitán de
los mercenarios era el hombre más galante y elocuente que
Daenerys Targaryen había conocido.
—Tal vez
cuando Daario regrese podré usar sus Cuervos de la Tormenta en
las calles —le dijo a ser Barristan—, pero hasta
entonces, sólo tengo a los Inmaculados. —Se levantó—.
Debéis excusarme, ser. Los que desean ver a la reina se
estarán acumulando ante las puertas. Necesito ponerme mis
orejas alargadas y convertirme en su reina de nuevo. Llamad a Reznak
y al Afeitado, los veré cuando esté vestida.
—Como su
alteza ordene —Selmy hizo una reverencia.
La Gran Pirámide
de Mereen medía ochocientos pies desde su inmensa base de
ladrillo hasta la elegante cumbre donde la reina tenía
sus estancias privadas, rodeadas de verdor y estanques fragantes. Un
amanecer azul oscuro inundaba la ciudad mientras Dany caminaba hacia
la terraza. La luz del sol llameó sobre las bóvedas
doradas del Templo de las Gracias al oeste y dibujó sombras
alargadas detrás de las pirámides escalonadas. En
algunas de esas pirámides, los Hijos de la Arpía están
planeando otros asesinatos ahora mismo, pensó sombría.
Viseryion sentía
su inquietud. El dragón blanco yacía enroscado
alrededor de un peral, la cabeza descansando sobre la cola mientras
la luz del día lo empapaba. Cuando Dany pasó, sus ojos
se abrieron, dos estanques de oro fundido. Los cuernos eran también
de oro, como las escamas que le corrían por el cuello
arqueado, la espalda y la larga cola.
—Eres
perezoso —le dijo, rascándole bajo la mandíbula.
Las escamas estaban calientes al tacto, como una armadura puesta a
cocer demasiado bajo el sol. Los dragones son fuego hecho carne.
Había leído eso en uno de los libros que ser Jorah le
había dado como regalo de boda—. Tendrías que
estar cazando con tus hermanos. ¿Has estado luchando con
Drogon otra vez? —Sus dragones se habían vuelto salvajes
ultimamente. Rhaegal había intentado morder a Irri, Viserion
había quemado el tokar de Reznak la última vez
que el senescal había gritado. Les he dejado demasiado para
sí mismos, se recriminó, ¿pero dónde
voy a sacar tiempo para ellos?
Viserion dio un
latigazo con la cola y golpeó el tronco del árbol tan
fuerte que una pera cayó rodando a los pies de Dany. Desplegó
las alas y medio voló medio saltó hasta la balconada.
Está creciendo, pensó mientras lo veía
aletear tres veces y lanzarse hacia el cielo, los tres están
creciendo. Pronto serán lo bastante grandes para llevarme.
Entonces volaría como Aegon y sus hermanas habían
volado antes, hasta que Mereen fuese tan pequeña ahí
abajo que pudiese taparla con el puño.
Contempló
a Viserion elevándose en circulos cada vez más amplios,
hasta que al final lo perdió de vista más allá
de las aguas turbias del Skahazadhan. Sólo entonces Dany
volvió a la pirámide, donde Irri y Jhiqui la esperaban
para cepillarle el pelo y prepararla como correspondía a la
Reina de Mereen, en un tokar ghiscario.
La prenda era
algo engorroso, una sábana larga y hogada, sin forma, que
tenía que enrollarse alrededor de las caderas y bajo un brazo
y sobre un hombro, con los flecos que colgaban cuidadosamente
dispuestos. Demasiado holgada, y podía caerse; demasiado
apretada, formaría una maraña, se enredaría y la
atraparía. Incluso bien puesto, el tokar requería
del que lo vestía que lo mantuviese en su lugar con la mano
izquierda, para evitar que resbalase. Caminar con el tokar
exigía pasos pequeños, lentos y medidos y un equilibrio
exquisito, para no pisar alguno de los pesados flecos que arrastraba.
No era una prenda para los que debían trabajar en el campo o
en una casa de ladrillos. La ley de los ghiscarios prohibía a
los esclavos y libertos vestir el tokar, y eran demasiado
caros para los que habían nacido en libertad pero pobres. El
tokar ghiscario era una prenda para los amos, un signo de
riqueza y poder.
Dany quiso
prohibir el tokar cuando tomó Mereen, pero su consejo
la había convencido para no hacerlo.
—La Madre
de Dragones debe vestir el tokar o será siempre odiada
—la alertó la Gracia Verde, Galazza Galare—. Con
lanas de Poniente o un vestido de encaje Myriano, Su Radiantez
siempre será una extranjera grotesca entre nosotros, una
conquistadora bárbara. La reina de Mereen tiene que ser una
dama de la antigua Ghis.
Ben Plumm el
moreno, el capitán de los Segundos Hijos, se lo había
explicado más claramante.
—Quien
quiera ser rey de los conejos, que se ponga un par de orejas
alargadas.
Las orejas
alargadas que escogió ese día estaban hechas de lino
blanco con flecos de borlas doradas. Con la ayuda de Jhiqui, se
enrolló el tokar al tercer intento, mientras Irri le
sostenía la corona en forma de dragón de tres cabezas
que representaba a su casa. La cola del dragón era de oro, las
alas brillaban plateadas, las tres cabezas eran marfil, ónice
y jade verde. Antes de terminar el día tendría el
cuello y la espalda tiesos y rígidos por el peso, pero una
corona nunca debía ser cómoda sobre la cabeza de un
rey. Eso había dicho uno de sus antepasados. El rey Aegon.
Fue un Aegon, ¿pero cuál? Cinco Aegones habían
reinado sobre Poniente, y habría habido un sexto si los perros
del Usurpador no hubiesen matado al hijo de su hermano Rheagar
mientras era un bebé de pecho. Si hubiese vivido me habría
casado con él, pensó. Aegon habría estado
más cerca de mi edad que Viserys.
Aunque no servía
de nada soñar. Aegon y su hermana habían sido
asesinados antes de que ella naciese junto con su madre, Elia de
Dorne. El príncipe Rhaegar pereció incluso antes,
asesinado por el Usurpador en el Tridente, y Viserys murió
gritando en Vaes Dothrak, con una corona de oro fundido sobre su
cabeza. También me matarán a mí, si lo
permito, se recordó a sí misma. Los cuchillos
que mataron a Escudo Incondicional querían matarme a mí.
No había
olvidado los niños esclavos que los Grandes Amos habían
atado a lo largo del camino de Yunkai. Nunca los olvidaría.
Hubo ciento sesenta y tres, un niño a cada milla, atados a los
mojones con un brazo indicándole el camino. Cuando Mereen
cayó, Dany ató el mismo número de Grandes Amos.
Enjambres de moscas los acompañaron en su lento agonizar, y el
hedor había tardado en desaparecer de la plaza. Pero a veces
temía no haber ido lo suficiente lejos. Los mereenianos eran
un pueblo astuto y testarudo que se le resistía a cada paso.
Habían liberado a sus esclavos, sí... sólo para
contratarlos de nuevo como sirvientes por un precio tan bajo que
muchos a duras penas podían comer. Los libertos demasiado
jóvenes o viejos para ser usado habían quedado tirados
en la calle junto a los débiles y los tullidos. E incluso así
los Grandes Amos se reunían en lo alto de sus pirámides
para compadecerse de cómo la reina dragón había
llenado su noble ciudad con hordas de mendigos sucios, ladrones y
putas.
Para gobernar
Mereen tengo que ser Meereniana, se dijo a sí misma,
por mucho que los odie.
—Estoy
preparada —le dijo a Irri.
Reznak mo Reznak
y Skahaz mo Kandaq la esperaban a lo alto de los amplios escalones de
mármol.
—Magnificencia
—dijo Reznak—, estáis tan radiante hoy que temo
miraros.
El senescal
llevaba un tokar de seda granate con un fleco dorado que
contribuía poco a disimular su cuerpo gordo y fofo. Un
hombre pequeño, sudoroso, obsequioso, Reznak olía como
si se bañase en perfume. Como todos los mereenianos, hablaba
un dialecto del Alto Valyrio corrompido y condimentado por los
continuos rugidos del ghiscario.
—Sois muy
amable —respondió Dany en una forma más pura de
la misma lengua.
—Mi reina
—gruñó Skahaz, de cabeza calva. El pelo de los
ghiscarios crecía denso, grueso y espeso; durante largo tiempo
los hombres de las ciudades esclavistas lo habían llevado en
forma de cuernos, pinchos o alas. Afeitándose, Skahaz había
abandonado la vieja Mereen tras él para aceptar lo nuevo. Sus
parientes Kandaq hicieron lo mismo tras su ejemplo. Otros lo
siguieron, aunque si por miedo, moda o ambición, Dany no podía
decirlo; los afeitados, los llamaban. Skahaz era el Afeitado... y el
peor traidor para los Hijos de la Arpía y sus semejantes. —Nos
han explicado lo del eunuco.
—Su nombre
era Escudo Incondicional.
—Morirán
más, a menos que los asesinos sean castigados. —Incluso
con el cráneo limpio de pelo, Skahaz tenía un rostro
feo; frente de escarabajo, ojos pequeños con grandes bolsas
debajo, una nariz rota muchas veces oscurecida por puntos negros,
piel aceitosa que parecía más amarilla que el habitual
ámbar de los Ghiscarios. Era un rostro brusco, brutal,
enfadado. Sólo podía rezar porque al menos fuese un
hombre honesto.
—¿Cómo
puedo castigarlos si no sé quiénes son? —les
preguntó Dany—. Explicádmelo, bravo Skahaz.
—No os
faltan enemigos, Su Majestad. Podéis ver sus pirámides
des de vuestra terraza. Zhak, Hazkar, Ghazeen, Merreq, Loraq, todas
las viejas familias esclavistas. Pahl. Pahl, sobre todo. Una casa de
mujeres, ahora. Mujeres viejas amargadas con ansia de sangre. Las
mujeres no olvidan. Las mujeres no perdonan.
No, pensó
Dany, y eso los perros del Usurpador lo aprenderán algún
día, cuando vuelva a Poniente. Era verdad que había
sangre entre ella y la casa de Pahl. Oznak zo Pahl fue el héroe
de Mereen hasta qu Belwas el Fuerte lo mató bajo los muros de
la ciudad. El padre de Oznak, comandante de la guardia de Mereen,
murió defendiendo las puertas de la ciudad cuando la Polla de
Joso las convirtió en astillas y los Inmaculados entraron como
un enjambre por la brecha. El tío de Oznak fue uno entre los
ciento sesenta y tres de la plaza. Dany se giró hacia Reznak.
—¿Cuánto
oro hemos ofrecido por información sobre los Hijos de la
Arpía?
—Cien
honores, si le place a su Radiantez.
—Mil
honores nos placería más. Hacedlo.
—Su
Majestad no ha pedido mi consejo —dijo Skahaz—. La sangre
debe pagar por la sangre. Coged a un hombre de cada una de las
familias que he nombrado y matadlo. La siguiente vez que uno de los
vuestros muera, coged dos y matadlos. No habrá un tercer
asesinato.
Reznak chilló
de angustia. —Nooo... gentil reina, esa salvajada traería
las iras de los dioses sobre nosotros. Encontraremos a los culpables,
os lo prometo, y cuando lo hagamos veréis que son basura
pobre, no nobles, ya lo veréis.
El senescal se
secó la cabeza. Era tan calvo como Skahaz, aunque no se
afeitaba.
—No me
consideréis desleal porque no me he afeitado la cabeza —le
garantizó cuando lo convirtió en su consejero— Si
algún cabello es tan insolente de aparecer, mi barbero estará
preparado con la cuchilla.
Pese a todas sus
garantías, a Dany le gustaba poco y confiaba aún menos
en él. No había olvidado a la maegi Mirri Maz
Duur, que le había devuelto su amabilidad con la traición.
—Skahaz
—dijo—, os agradezo el consejo. Reznak, aseguraos de que
sean mil honores.
Ciñéndose
el tokar, Daenerys los adelantó al bajar la amplia
escalera de mármol. Con pasos lentos, no fuese a pisarse uno
de los flecos y tropezar y caer rodando de cabeza ante la corte.
Missandei la
anunció. La pequeña escriba tenía una voz dulce
y fuerte.
—Todos
arrodillados ante Daenerys de la Tormenta, La Que No Arde, Reina de
Mereen, Reina de los Ándalos y los Rhoynar y los Primeros
Hombres, Khaalesi del Gran Mar de Hierba, Liberadora de
Grilletes y Madre de Dragones —gritó mientras Dany
bajaba lentamente.
El salón
estaba lleno. Los Inmaculados permanecían de espaldas a los
pilares, sosteniendo sus escudos y lanzas, las picas en sus cascos
sobresaliendo hacia arriba como una hilera de cuchillos. Los
mereenianos se habían acumulado bajo las ventanas del este, en
una multitud de cabezas afeitadas y cuernos dobles y manos y
espirales. Sus libertos permanecían lejos de sus antiguos
amos. Hasta que estén juntos, Mereen no tendrá paz.
—Levantaos.
Dany se sentó
en su banco. La multitud se levantó. Eso al menos lo hacen
juntos, pensó.
Reznak mo Reznak
tenía una lista, como siempre. Y como siempre, el protocolo
exigía que la reina empezase con el emisario de Astapor, un
antiguo esclavo que se había empezado a llamar a sí
mismo Lord Ghael, aunque nadia sabía de qué era señor.
Lord Ghael tenía
la boca llena de dientes rotos y marrones y el rostro amarillento y
puntiagudo de una comadreja. También tenía un regalo.
—Cleon el
Grande envía estas sandalias, como señal de su amor por
Daenerys de la Tormenta, la Madre de Dragones —anunció.
Dany hizo un
gesto con la cabeza a Irri, que le trajo las sandalias y se las puso
en los pies. Estaban hechas de cuero dorado y decoradas con perlas
verdes de agua dulce. ¿Cree el rey carnicero que un par de
sandalias bonitas le ganarán mi mano?
—El rey
Cleon es muy generoso —dijo—. Debéis darle las
gracias de mi parte. Son encantadoras.
Encantadoras,
pero hechas para una niña. Dany tenía los pies
pequeños, pero las sandalies le aplastaban los pies.
—Cleon el
Grande se sentirá complacido al saber que os han complacido
—dijo Ghael—. Su Maginificencia me envía para que
os diga también que está preparado para defender a la
Madre de Dragones de todos sus enemigos. —Si me propone que
me case con Cleon otra vez, le tiraré las sandalias a la
cabeza, pensó Dany, pero por una vez el emisario astapori
no mencionó el matrimonio. En vez de eso, dijo—: Ha
llegado el momento de que Astapor y Mereen acaben con el reino
salvaje de los Sabios Amos de Yunkai, enemigos jurados de todos
aquellos que viven en libertad. Cleon el Grande me invita a deciros
que él y sus nuevos Inmaculados pronto marcharán.
Sus nuevos
Inmaculados son una broma obscena. Dany mantuvo el gesto
inexpresivo.
—El rey
Cleon sería sabio si atendie sus propios jardines y deja que
Yunkai atienda los suyos. —No es que tuviese ningún
aprecio por Yunkai. Cada vez más se arrepentía de haber
abandonado la Ciudad Amarilla sin tomarla después de vencer a
su ejército en el campo de batalla. Los Sabios Amos habían
vuelto a la esclavitud en cuanto ella se fue y estaban ocupados
aumentando los impuestos, contratando a mercenarios y haciendo
alianzas contra ella. Cleon autodenominado el Grande no era mucho
mejor, sin embargo. El Rey Carnicero había devuelto la
esclavitud a Astapor en cuanto tomó el poder, con la única
diferencia de que los antiguos esclavos eran ahora los amos y los
antiguos amos eran los esclavos. Daenerys no deseaba una alianza con
él más de lo que deseaba una boda... pero tampoco
quería verlo caer. Cuando Cleon fuese vencido, nada impediría
a los yunkios volver los ojos hacia el norte, hacia Mereen—.
Soy sólo una niña pequeña y sé poco de
guerra —Dany alertó a Ghael—, pero se dice que
Astapor se muere de hambre. Dejad que el rey Cleon alimente a su
pueblo antes de guiarlos a la batalla. —Hizo un gesto de
rechazo y el emisario se arrodilló y partió.
—Magnificencia
—apuntó Reznak mo Reznak—, ¿oiréis
al noble Hizdahr zo Loraq?
¿Otra
vez? Ahogando un gemido, Dany asintió, y Hizdar avanzó;
un hombre alto, muy esbelto, con piel de color ámbar. Cuando
se arrodilló, la parte superior de su cabeza rozó el
mármol morado del suelo donde Escudo Incondicional había
yacido muerto no hacía mucho. Necesito a este hombre,
se recordó Dany. Hizdar tenía muchos amigos en Mereen,
y otros más allá de los mares. Había visitado
Volantis, Lys y Qarth, tenía familiares en Tolos y Elyria y se
decía que ejercía gran influencia en Nueva Ghis, donde
los yunkios intentaban sembrar la enemistad contra Dany y su reinado.
Y es rico.
Famosa y fabulosamente rico... y se hará mucho más
rico, si le concedo lo que pide. Cuando Dany cerró las
arenas de combate, el valor de sus cotizaciones cayó en
picado. Hizdar zo Loraq se había lanzado con las manos llenas,
y ahora era dueño de la mayoría de arenas de Mereen.
Hizdar tenía
alas de cabello que le brotaban de las sienes como si su cabeza fuese
a levantar el vuelo. El largo rostro se alargaba todavía más
por la barba de pelo rojo y negro puntiagudo que se recogía
con anillos de oro. Su tokar morado tenía flecos con
amatistas y perlas.
—Su
Radiantez ya conoce la razón por la que estoy aquí.
—Porque
—dijo ella— debe ser porque no tenéis otro motivo
que asolarme. ¿Cuántas veces os he rechazado?
—Cinco
veces, Su Magnificencia.
—Y ahora
seis. No voy a permitir que se reabran las arenas.
—Si Su
Majestad quiere oír mis argumentos...
—Los he
oído. Cinco veces. ¿Habéis traído nuevos
argumentos?
—Viejos
argumentos —admitió Hizdar—, nuevas palabras.
Bellas palabras, y corteses, más adecuadas para convencer a
una reina.
—Es
vuestra causa la que encuentro inadecuada, no vuestra cortesía.
He oído vuestros argumentos tan a menudo que puedo presentar
vuestro caso yo misma. ¿Lo hago? —Se adelantó—.
Las arenas de combate han formado parte de Mereen desde que se fundó
la ciudad. Los combates son un hecho de naturaleza religiosa, un
sacrificio de sangre a los dioses de Ghis. El arte mortal de
Ghis no es una carnicería, sino una muestra de coraje,
habilidad y fuerza que complace a los dioses. Los luchadores
victoriosos están bien alimentados, mimados y aclamados, y los
caídos heroicamente son honrados y recordados. Reabriendo las
arenas mostraría a la gente de Mereen que respeto sus
tradiciones y costumbres. Las arenas son famosas en el mundo entero.
Traerían comercio a Mereen y llenarían las arcas de la
ciudad con monedas de los confines de la tierra. Todos los hombres
tienen ansia de sangre, un ansia que las arenas podrían
apagar. En ese sentido, volverán Mereen más pacífica.
Para los criminales condenados a morir sobre la arena, las arenas de
combate representan un juicio por combate, una última
oportunidad para que un hombre demuestre su inocencia. —Dany
sacudió la cabeza.— Ahí está. ¿Cómo
lo he hecho?
—Su
Radiantez ha presentado el caso mucho mejor de lo que yo lo habría
hecho. Sois tan elocuente como bella. Yo estoy totalmente convencido.
Dany tuvo que
reír.
—Muy
bien... pero yo no.
—Su
Magnificencia —susurró Reznak mo Reznad en su oreja—,
permitidme que os recuerde que es costumbre de la ciudad reclamar un
diez por ciento de todos los beneficios de las arenas de combate,
después de los gastos, como impuesto. Ese dinero podría
utilizarse para fines más nobles.
—Podría
—asintió la reina—, aunque si fuésemos
a reabrir las arenas, recaudaríamos el diez por ciento antes
de los gastos. Soy sólo una niña pequeña y sé
poco del comercio, pero viví con Xaro Xhoan Daxos lo
suficiente para saber eso. No importa. Sois rápido y listo,
Hizdar, y si pudieseis congregar ejércitos como lo hacéis
con los argumentos, podríais conquistar el mundo... pero mi
respuesta sigue siendo no. Por sexta vez.
Hizdar hizo otra
reverencia, tan pronunciada como la anterior. Sus perlas y amatistas
tintinearon suavemente contra el suelo de mármmol. Hizdar zo
Loraq era un hombre muy ágil.
—La reina
ha hablado.
Hasta podría
ser guapo, sino fuese por ese ridículo pelo, juzgó
Dany. Reznak y la Gracia Verde la habían instado para que se
casase con un noble mereeniano, para reconciliar a la ciudad con su
reina. Si llegaba a eso, Hizdar zo Loraq merecería tenerse en
cuenta. Antes él que Skahaz. El Afeitado se había
ofrecido para convertirla en su esposa, pero la sola idea la hizo
estremecer. Hizdar al menos sabía sonreír, aunque
cuando Dany trató de imaginarse cómo sería
compartir la cama con él, casi se rió en voz alta.
—Magnificencia
—dijo Reznak, consultando su lista—, el noble Grazdan zo
Galare quiere dirigirse a vos. ¿Lo oiréis?
—Será
un placer —dijo Dany, admirando el resplandor del oro y el
brillo de las perlas verdes de las sandalias de Cleon mientras
intentaba ignorar el dolor en los dedos de sus pies. Grazdan, la
habían avisado, era primo de la Gracia Verde, cuyo consejo y
apoyo Dany consideraba inapreciables. La sacerdotisa era una voz a
favor de la paz, la aceptación y la obediencia a la autoridad
legítima.
Debo escuchar
respetuosamente a su primo, sea lo que sea lo que quiera.
Lo que quería
resultó ser oro. Dany había rechazado compensar a los
Grandes Amos por el valor de los esclavos que había liberado,
pero los mereenianos seguían buscando otras maneras de
intentar sacarle dinero. El noble Grazdan era uno más. Tiempo
atrás tenía una mujer esclava experta en tejer, le
explicó; lo que conseguía con su telar era muy
valorado, no sólo en Mereen sino también en Nueva Ghis
y Astapor y Qarth. Cuando esa mujer se volvió vieja, Grazdan
compró media docena de muchachas jóvenes y ordenó
a la anciana que las instruyese en los secretos de su oficio. La
vieja mujer había muerto. Las jóvenes, liberadas,
habían abierto una tienda cerca del puerta para vender sus
tejidos. Grazdan zo Galare pedía una porción de sus
ingresos.
—Me deben
sus habilidades —insistió—. Yo las compré
en bloque en una subasta y les di ese telar.
Dany lo escuchó
atentatemente, el rostre inexpresivo. Cuando acabó, dijo:
—¿Cuál
era el nombre de la vieja tejedora?
—¿La
esclava? —Grazdan se balanceó, frunciendo el ceño—.
Se llamaba... Elza, tal vez. O Ella. Murió hace seis años.
He tenido muchos esclavos, Su Majestad.
—Digamos
Elza. —Dany alzó una mano—. Éste es nuestro
veredicto. De las muchachas, no obtendréis nada. Fue Elza
quien las enseñó a tejer, no vos. De vos, las muchachas
tendrán un nuevo tejedor, el mejor que el dinero pueda
comprar. Eso por olvidar el nombre de la vieja mujer. Podéis
retiraros.
Reznak había
llamado a otro idiota con tokar, pero la reina insitió
en que llamase a uno de los libertos. Desde entonces, alternó
peticiones de los antiguos esclavistas y de los antiguos esclavos.
Muchos de los asuntos que trajeron ante ella se referían a
reparaciones. Mereen había sido saqueada salvajemente tras su
caída. Las pirámides escalonadas de los nobles se
habían ahorrado los peores estragos, pero las zonas poderosas
de la ciudad habían sufrido oleadas de saqueos y asesinatos en
cuanto los esclavos se alzaron y las hordas hambrientas que la
habían seguido desde Yunkay y Astapor entraron corriendo por
las puertas rotas. Sus Inmaculados habían conseguido restaurar
el orden, pero los saqueos habían dejado una plaga de
problemas tras su estela, y nadie estaba seguro de qué leyes
aún eran válidas. Y venían a ver a la reina.
Vino una vieja
mujer rica, cuyo marido e hijos habían muerto defendiendo los
muros de la ciudad. Se había trasladado a casa de su hermano
por miedo. Luego, cuando volvió, se encontró con que su
casa se había convertido en un burdel. Las putas se habían
adornado con sus joyas y sus vestidos. Quería que le
devolviesen su casa, y sus joyas.
—Pueden
quedarse las ropas —concedió. Dany le devolvió
las joyas, pero decretó que la casa había quedado
abandonada cuando la abandonó.
Vino un antiguo
esclavo, para acusar a cierto noble de los Zhak. El hombre acababa de
casarse con una liberta que había sido la esclava de cama de
un noble antes de que la ciudad cayese. El noble había tomado
su virginidad, la había usado a placer y la había
dejado embarazada. El nuevo marido quería que el noble fuese
castrado por el crimen de violación, y también una
bolsa de oro para poder criar al bastardo del noble como su propio
hijo. Dany le concedió el oro, pero no la castración.
—Cuando se
acostó con ella, vuestra mujer era su propiedad y podía
hacer con ella lo que quisiera. Por ley, no hubo violación.
Su decisión
no lo satisfizo, pudo verlo, pero si castraba a todos los hombres que
habían forzado a esclavas de cama, reinaría sobre una
ciudad de eunucos.
Vino un
muchacho, más joven que Dany, delgado y con cicatrices,
vestido en un tokar gris deshilachado arrastrando flecos
plateados. Se le quebró la voz cuando explicó cómo
dos de los esclavos de la casa de su padre se habían rebelado
la noche que las puertas se rompieron. Uno había matado a su
padre, el otro a su hermano mayor. Ambos violaron a su madre antes de
matarla también. El muchacho había escapado sólo
con la cicatriz de su rostro, pero uno de los asesinos aún
vivía en la casa de su padre, y el otro se había unido
a los soldados de la reina como uno de los Hombres de la Madre.
Quería que ambos fuesen colgados.
Soy la reina
de una ciudad construida sobre polvo y muerte. Dany no tuvo más
opción que negárselo. Había declarado un perdón
general por todos los crímenes cometidos durante el saqueo.
Tampoco castigaría a esclavos por rebelarse contra sus amos.
Cuando se lo
dijo, el muchacho estuvo a punto de precipitarse sobre ella, pero el
pie se le enredó en el tokar antes de que diese dos
pasos, y quedó extendido sobre el mármol dorado. Belwas
el Fuerte se lanzó sobre él. El eunuco enorme y moreno
lo levantó hasta dejarlo arrodillado y lo sacudió como
un mastín a una rata.
—Suficiente,
Belwas —gritó Dany—. Suéltalo. —Al
muchacho, le dijo—: Atesora ese tokar, porque te ha
salvado la vida. Si nos hubieses tocado en tu rabia, habrías
perdido la mano. Eres sólo un muchacho, así que
olvidaremos lo que ha sucedido aquí. Mejor que hagas lo mismo.
—Pero mientras se marchaba, el muchacho se giró y cuando
Dany le vio los ojos pensó, la arpía tiene otro
hijo.
El día
fue avanzando lentamente, tedioso o terrorífico por momentos.
A mediodía, Daenerys sentía el peso de la corona sobre
su cabeza y la dureza del banco. Con tantos aún esperando, no
paró para comer. En vez de eso, envió a Jhiqui a las
cocinas a por un plato de pan, olivas, higos y queso. Los mordisqueó
mientras escuchaba, y daba sorbos de una copa de vino aguado. Los
higos estaban buenos, las olivas incluso mejores, pero el vino le
dejó un regusto metálico en la boca. Las uvas pequeñas,
amarillas y pálidas de esas regiones producían un vino
de calidad notablemente inferior. No tendremos comercio de vino,
supo Dany mientras bebía. Además, los Grandes Amos
habían quemado las mejores cepas junto con las oliveras.
Por la tarde un
famoso escultor afeitado se presentó ante ella, pidiendo
permiso para reemplazar la cabeza de la gran arpía de bronce
de la Plaza de la Purificación por una hecha a imagen de Dany.
Se lo denegó con tanta cortesía como pudo reunir,
intentando no estremecerse. Habían capturado un pez de tamaño
sin precedente en el Skahazadhan, y el pescador que lo capturó
quería entregarlo a la reina. Admiró el pez de forma
extravagante, recompensó al pescador con una gran bolsa de
plata y envió el pez a las cocinas. Un joven herrero del cobre
le había confeccionado un traje dorado de anillos pulidos para
vestir en la guerra. Lo aceptó con un agradecimiento
exagerado; era maravilloso para tenerlo, y todo ese bronce pulido
seguramente luciría precioso al sol, aunque si la amenazaba
alguna batalla preferiría ir vestida de acero. Hasta una niña
pequeña que no sabía nada de la guerra sabía
eso.
Las sandalias
que le había enviado el Rey Carnicero ya se habían
vuelto incómodas. Dany se las quitó y se sentó
con un pie desnudo doblado bajo ella y el otro balanceándose
adelante y atrás. No era una postura muy majestuosa, lo sabía,
pero estaba cansada de ser majestuosa. La corona le había
provocado dolor de cabeza, y las nalgas se le estaban empezando a
dormir.
—Ser
Barristan —lo llamó—, ya sé qué
cualidad un rey necesita por encima de todo.
—¿Coraje?
—dijo el viejo hombre.
—No
—bromeó ella—, nalgas de hierro. Todo lo que hago
es sentarme.
—Su Alteza
se encarga de demasiado. Deberíais dejar a vuestros consejeros
llevar algunas de vuestras cargas.
—Tengo
demasiados consejeros. Lo que necesito son almohadas. —Dany se
giró hacia Reznak—. ¿Cuántos más?
—Veintitrés,
si complace a su Magnificencia. Con sendas peticiones. —El
senescal consultó algunos papeles—. Un ternero y tres
cabras. El resto serán ovejas o corderos, no hay duda.
—Veintitrés
—repitió Dany, incrédula—. Mis dragones han
desarrollado un prodigioso gusto por el ganado desde que empezamos a
pagar a los pastores lo que les comían. ¿Sus peticiones
han sido comprobadas?
Reznak se
inclinó.
—Magnificencia,
si un dragón baja del cielo y se come la oveja de un hombre,
¿cómo lo puede probar? Algunos hombres han traído
huesos quemados.
—Los
hombres hacen fuego —apuntó Dany—. Los hombres
comen ovejas. Huesos quemados no significan nada. Ben Plumm el Moreno
dice que aún hay lobos rojos en las montañas de fuera
de la ciudad, y chacales y perros salvajes. ¿Debemos pagar por
cada cordero que se pierda entre Yunkai y el Skahazadhan?
—No,
Magnificencia. —Hizo otra reverencia, ésta más
profunda—. ¿Debo enviar a estos granujas fuera, o
queréis que sean azotados?
—¿Azotados?
—Daenerys rebulló en su asiento. El ébano se
notaba duro bajo ella—. Ningún hombre debe temer venir a
verme. Pagadles. —Algunas de las peticiones eran falsas, no lo
dudaba, pero seguramente más eran auténticas. Sus
dragones se habían vuelto demasiado grandes para alimentarse
de ratas y perros y gatos, como antes hacían. Mientras más
coman más crecerán, la había advertido ser
Barristan, y mientras más crezcan, más necesitarán
comer. Sobre todo Drogon, que era el que iba más lejos a
cazar, y Dany no dudaba que devorase una oveja por día—.
Pagadles por el valor de sus animales —le dijo a Reznak—,
pero de ahora en adelante cualquier peticionario debe presentarse en
el Templo de las Gracias y hacer un juramento sagrado ante los dioses
de Ghis.
—Así
se hará —Reznak se giró para encararse a los
peticionarios que quedaban—. Su Magnificencia la Reina ha
concedido compensaros por cada animal que hayaís perdido —les
dijo en la lengua Ghiscaria, la única lengua que la mayoría
de ellos entendía—. Presentaos a mis ayudantes por la
mañana y os pagarán en moneda o especias, como
prefiráis.
El anuncio fue
recibido con un hosco silencio. Tendrían que estar
contentos, pensó Dany, preocupada. Tienen lo que han
venido a buscar. ¿No hay manera de contentar a esta gente?
Un hombre se
quedó detrás mientras el resto se iban; un hombre
rechoncho con el rostro curtido y pobremente vestido. Su pelo era un
casco rojo y negro de alambre corto sobre sus orejas, y en una mano
llevaba un saco hecho de un mantel ruinoso. Se quedó con la
cabeza gacha, mirando el suelo de mármol como si hubiese
olvidado dónde estaba. ¿Y éste qué
quiere?, se preguntó Dany frunciendo el ceño.
—Arrodillaos
todos ante Daenerys de la Tormenta, La Que No Arde, Reina de Mereen,
Reina de los Ándalos y los Rhoynar y los Primeros Hombres,
Khaleesi del Gran Mar de Hierba, Liberadora de Grilletes y
Madre de Dragones —clamó Missandei en su potente dulce
voz.
El tokar de
Dany empezó a deslizarse. Lo cogió y lo puso en su
lugar.
—Tú,
el del saco —gritó—, ¿deseas hablar con
nosotros? Puedes acercarte.
Cuando levantó
la cabeza, sus ojos estaban rojos y ásperos, como irritados.
Dany entrevió a ser Barristan acercándose, una sombra
blanca a su lado. El hombre se acercó arrastrando los pies, un
paso, luego otro, arrastrando su saco. ¿Está enfermo
o borracho?, se preguntó. Tenía suciedad bajo las
uñas amarillentas y agrietadas.
—¿Qué
es? —le preguntó—. ¿Tienes alguna queja que
presentar, alguna petición? ¿Qué deseas de
nosotros?
Se lamió
los labios resecos, nervioso.
—He... he
traído...
—¿Huesos?
—dijo ella, impaciente—. ¿Huesos quemados?
Levantó
el saco y desparramó el contenido sobre el mármol.
Eran huesos,
huesos rotos y ennegrecidos. Los más largos los habían
partido en busca del tuétano.
—Fue el
negro —dijo el hombre en un áspero rugido ghiscario—
La sombra alada. Bajó del cielo y... y...
Drogon,
pensó Dany. No, no, oh no.
—¿Eres
sordo, idiota? —le gritó Reznak mo Reznak— ¿No
has oído mi proclama? Acude a mis ayudantes por la mañana
y te pagarán por tu oveja.
—Reznak
—dijo ser Barristan con voz ronca—, cierra la boca y abre
los ojos. No son los huesos de una oveja.
No, pensó
Dany, son los huesos de un niño.
Traducción: kosak01